--Estoy siempre debiendo visitas,--decia no há muchos dias, en presencia mia, una señora jóven y bella,--cada dia tengo más: es una fatiga: ¡pasan de cuatrocientas! Así es que siempre estoy en falta con las gentes: mi última enfermedad me ha atrasado de tal modo, que no sé qué hacer.

--Hay un medio fácil de salir del paso,--opinó otra amiga de ambas que la oia,--se toma un carruaje durante ocho dias seguidos, y se hacen cada dia veinte ó treinta, dejando tarjetas en las porterías ó subiéndolas el lacayo.

--¡Magnífica idea!--exclamó la dama,--lo salva todo: cumplo con las gentes, como quien dice, sin tiempo.

Formaba parte de la reunion un anciano, respetable por su elevada inteligencia, no ménos que por su edad avanzada: era tio de la que acababa de hablar, y la queria con un afecto completamente paternal.

--¿Por qué haces tú visitas?--le preguntó, despues de haberla mirado en silencio durante algunos instantes, con la penetrante y dulce expresion que le era habitual.

--Hago visitas, querido tio, para cumplir con las gentes.

--¿Sólo por eso?

--¿Y por qué otro motivo se hacen?

--Por afecto á las personas á quienes se va á visitar.

--¡Dios mio!--exclamó la jóven señora,--si fuéramos á amar á todas las personas á quienes visitamos, ¿dónde habria corazon para tanto? Ademas, amistades verdaderas ¡hay tan pocas!