Así debia ser, y por eso se cree así: la madre es una señora jóven áun, de un talento más que regular, de perfecta educacion, de trato dulce y agradable, distinguida y simpática á todos.

La hija es una criatura bella, modesta, afectuosa, de condicion amorosa, blanda y benévola naturalmente; todos sus hermanos han muerto, y ella ha llegado á ser el único amor y la sola compañía de su madre.

Yo oigo decir en torno suyo:

--¡Qué felices deben ser!

--¡Cuánto se aman!

--¡Esa jóven no se casará jamas, por no separarse de su madre!

--¡Si esa madre perdiera á su hija, se moriria!

De todas estas opiniones sólo la última encierra acaso una verdad; es posible que si esta madre perdiese á su hija, sucumbiese al dolor de haberla perdido.

Y sin embargo, es imposible imaginarse una vida más amarga que la que llevan estas dos pobres mujeres, que no pueden sufrirse la una á la otra.

¿No os parece esto horrible, lectoras mias, sobre todo cuando sucede entre madre é hija?