III.

No sé qué deplorable flaqueza nos impele siempre á ver en cada uno de nuestros defectos una cualidad.

Las personas muy mezquinas, se creen económicas y arregladas.

Las dominantes, se juzgan llenas de abnegacion hácia las otras.

Las oficiosas, serviciales.

Las aduladoras, amables y cariñosas.

Las despilfarradoras y manirrotas, generosas.

Las maldicientes, listas, contoneándose muy huecas con esta idea.

«¡El que me la pegue á mí!...»

He visto á un hombre muy cobarde y villanamente insultado, que, preguntado por un hermano suyo que por qué no pedia satisfaccion de aquella ofensa, contestó: