--Cuando yo me vuelva jóven y buen mozo, repuso el Duque de...., que ya contaba cincuenta años, y era pequeño y jorobado.

Este hombre regañon y arisco tiene razon: la jóven Marquesa es una pagana que se adora á sí misma y á todo lo que puede aumentar su belleza y sus gracias.

Hija de una madre severa y rígida, pasó en una pension los diez y seis primeros años de su vida, y vivió luégo, hasta su casamiento, en el más completo retiro, y bajo la direccion de una aya inglesa, que ninguna expansion dejaba á su carácter y á sus inclinaciones; el casamiento fué para ella como una carta de libertad, y á pesar de que su esposo le llevaba veinte y un años, le aceptó y le miró como á un bienhechor que le abria las puertas de su cárcel doméstica.

No tuvo que temer el esposo ninguna infidelidad de parte de aquella esposa que podia ser su hija. Blanca, que así se llama--pues áun vive--ha pasado algunos años dedicada sólo á frecuentar los salones del gran mundo; á llamar la atencion en la Castellana, en el Retiro, en el Botánico, por la elegancia y ostentacion de sus carruajes y libreas, y á provocar la envidia de las damas más hermosas, por sus gracias encantadoras, y por la riqueza de sus joyas y el buen gusto de sus trajes.

Tres hijos, que han muerto al poco tiempo de nacer, han dejado á la Marquesa en la libertad más completa; y aunque los médicos le han dicho várias veces que el no nacer sus hijos en condiciones viables era debido á la vida agitada que ella hacía, á la presion del corsé, á los insomnios y á la falta de apetito, que debilitaban su naturaleza, le ha sido imposible renunciar á una existencia que era la más conforme á su gusto y la única que comprendia ya.

El mundo seca la savia del alma y devora á las pobres víctimas que se entregan ciegamente á él.

III.

La vida de la Marquesa no tenía otro método que la de tantas otras señoras de su clase: se levantaba á la una, la recogian sus doncellas el cabello y la ponian una bata elegante, para almorzar, sin gana, á las dos; hacía algunas visitas ó recorria algunos almacenes de modas, hasta las cuatro en invierno, hora en que iba á dar algunas vueltas á la Castellana; se vestia para comer, á las siete; iba á su platea del teatro Real á las nueve; volvia á su casa á las doce; se vestia de nuevo y se iba á uno ú otro salon, hasta las tres de la mañana: á esa hora la desnudaban sus doncellas y se dormia, ya bien entrado el dia.

Jamas leia, porque aunque en la mesa del centro de su salon habia algunos libros nuevos, ella no les hacía el honor de consagrarles una mirada: dejó olvidar la música, que sabía bien; el dibujo, en el que sobresalia cuando niña, y perdió el raciocinio que, aunque no en gran dósis, algun dia habia poseido.

No miraba jamas los cuadros ni los bronces que decoraban su suntuoso palacio, y llegó, en fin, á no saber hablar más que de modas, de trajes, de brillantes y de chismes de salon.