Así aquella pagana se convirtió en fanática adoradora de la tontería, de la venalidad, de lo que hay de más frívolo en el mundo, y el culto del lujo y de la ostentacion fué el solo que sobrevivió á todos los cultos, á todas las adoraciones de las almas nobles y escogidas.

¡Pobre Blanca! ¡Tan bonita, dotada de tan dulce carácter, tan simpática á todos por sus gracias, y haber caido en tal frivolidad, que bien merece el nombre de idiotismo!

¡Rebajar su espíritu en vez de elevarlo! ¡Ocuparse sólo de lo material sin pensar en lo moral, en lo intelectual, en lo bello, en lo grande! ¡Mirar siempre á la tierra y jamas al cielo! ¡Qué inmensa, qué terrible desgracia!

IV.

Hoy la Marquesa tiene cuarenta años: las arrugas van surcando sus blancas sienes y su graciosa frente: arrugas prematuras, que han llegado conducidas por las veladas de muchos años, por la vida agitada del gran mundo, tan distinta de la apacible vida de la madre de familia, de la buena esposa que se dedica á cuidar y á embellecer su hogar.

Su esposo ha dejado de amarla; al año de casado se convenció, y su hermano mayor le ayudó á convencerse, de que aquella linda pagana era sólo un mueble más; el más bello de todos los de su morada, pero sin más alma ni más entendimiento que aquéllos.

Los amigos, y tambien las amigas, empiezan á olvidar el camino de su casa; porque para colmo de males, su fortuna, aunque muy pingüe, no ha podido resistir á los contínuos y exorbitantes gastos de los esposos.

El Marqués, cansado de estar siempre solo, porque siendo de más edad que su mujer no podia llevar la agitada vida de Blanca, convencido de que ésta no le amaba, ni le habia amado jamas, buscó su distraccion en otra parte, y se ha creado una doble familia, olvidando para siempre á la que eligió para compañera y le ha dejado sola en el camino de la vida: en su segunda familia tiene hijos, y en ellos ocupa todo su tiempo y todo el afecto de su corazon.

¡Pobre Blanca!

Sin esposo, sin hijos, sin juventud, sin fortuna, sin afecciones de ninguna especie, sin fe viva en el alma, ¿qué le queda? Sólo el vacío del sepulcro, que siente ya en torno suyo.