Generalmente hablando, es achaque de todo mortal, pero más particularmente de la mujer, el poner la dicha, no en lo que tenemos, sino en lo que dejamos de poseer.

La que no puede negar que es rica, bien nacida y amada de su familia, lamenta el carecer de hermosura, aunque no se la pueda llamar fea.

La que ha nacido bella, suspira por aquellas dotes, ó dice que daria toda su hermosura por un poco de talento.

Yo conozco una mujer extraordinariamente fea, pero dotada de un talento sobresaliente; una hermosa tarde de primavera se hallaba paseando conmigo en los frondosos jardines de Aranjuez; cansadas ya de andar, nos sentamos en un banco rústico, á la sombra de algunos grandes árboles, y empezamos á hablar de mil cosas diferentes.

Mi amiga desplegó tal sutileza de ingenio, tal gracia y tanta lucidez de raciocinio, que yo me entusiasmé; é idólatra del talento, como he sido siempre, no pude ménos de exclamar:

--¡Bendito sea Dios, que te ha dotado de tan elevada inteligencia!

Jamas olvidaré el gesto de tristeza con que mi amiga sacudió la cabeza al contestarme.

--¡Toda mi inteligencia, dijo, la daria yo por una cara regular!

--¡Oh, no! exclamé yo: ¡son mucho más nobles, más durables y más atractivos los dones de la inteligencia y del corazon!

--Así se dice generalmente, repuso tristemente mi amiga, y áun se cree así; pero si la primera vista de una persona es repulsiva y antipática, ¿cómo podrá luégo hacerse amable y cautivar á nadie por otras dotes, que sólo el tiempo y el trato puede ir descubriendo?