Algunas hormigas salian de un agujero redondo y venian á dar vueltas al sol.
Dos ó tres moscas, entumecidas por el frio, se despegaban de la pared y volaban zumbando gozosas en aquel foco luminoso que les fingia un alegre dia de estío.
Sentábase allí el gato negro y anciano, cerrando voluptuosamente sus grandes ojos, verdes como dos esmeraldas.
Una perdiz se acercaba con menudo paso al conciliábulo y picoteaba al gato, de quien era muy buena amiga.
Tenía yo un grillo que habia encerrado en una jaula muy pequeña, que tambien colocaba al sol, y encima de la cual dejaba descansar á un gran caracol que salia de su cáscara, estirándose poquito á poco, como para observar.
En una de las grietas del suelo habian brotado dos ó tres hierbecillas; un dia, al levantarme, ví á la más alta coronada con una flor morada del tamaño de una lenteja; aquel mensaje de la primavera me colmó de gozo y me estremeció al mismo tiempo.
Me pareció la flor una sonrisa de gratitud de aquella pobre hierbecilla, porque yo la echaba alguna vez dos ó tres gotas de agua, y aquel dia fué uno de los más dichosos de mi inocente vida.
Yo era la reina de aquel pequeño mundo tan alegre, tan feliz. Sentábame allí, desmigaba un poco de pan, que se comia la perdiz, y las partículas más pequeñas se las llevaban las hormigas con un afan que hacía venir lágrimas á mis ojos.
Las moscas zumbaban; cantaba el grillo; dormitaba el gato; el caracol se estiraba; las hormigas trabajaban, y todos éramos dichosos con un rayo de sol y un poco de pan.
¡Oh, sí, todos éramos felices! Yo lo era tambien, porque tenía seis años.