Desde entónces, siempre que en una bella mañana de invierno penetra un rayo de sol en mi aposento, á traves de mi ventana, recuerdo el mundo en miniatura donde yo imperaba cuando era niña; mi pensamiento vuela hácia aquel pobre cuartito, recinto de mis juegos y de mis meditaciones infantiles, donde veia tanta dicha, y que se ponia tan alegre cuando le visitaba el sol.

III.

Los recuerdos de la infancia son siempre gratos y queridos, porque están rodeados de inocencia; pero los más consoladores, los que constituyen un dón inestimable, son los del bien que hemos hecho.

Mucho se declama contra la injusticia del mundo, y es una triste verdad que hay en él muchos ingratos; pero los beneficios llevan en sí mismos su recompensa por la dulce memoria que dejan en el alma.

Conocí á una mujer tan completamente halagada por los dones de la naturaleza y de la fortuna, que llegó á ser completamente infeliz.

Imaginaos una mujer bella, jóven y casada con un hombre, jóven tambien, opulento y que la adoraba.

No habia goce en la vida de que aquella mujer no disfrutase.

Su cuarto de dormir, situado en lo más retirado de la casa, estaba no sólo forrado de ensambladuras de madera, sino forrado tambien de seda algodonada para que no se percibiese el más leve rumor que perturbase sus sueños.

Al abrir los ojos tenía al alcance de su mano un timbre, el cual, sólo con tocarle, llamaba á dos camareras serviciales, discretas é inteligentes.

Metíase en un baño de agua tibia perfumado con lirio y jazmin, y luégo se desayunaba con su marido ó sola, segun era su voluntad, que nadie coartaba en lo más mínimo.