Peinábala un peluquero tan hábil que no la causaba daño alguno; tenía carruajes de todas las formas y para todas las estaciones; palcos en todos los teatros; convites para todos los salones; espléndida casa y soberbios palacios de verano; sus diamantes eran magníficos; todos la envidiaban, y, sin embargo, cayó en un hastío mortal, por lo mismo que nada tenía que desear.

Un dia fué á visitarla una amiga suya, bastante escasa de bienes de fortuna: llegaba llorosa y conmovida, y la opulenta dama le preguntó la causa de su pena.

--Vengo, dijo, de ver á una familia que se está muriendo de hambre.

--¡De hambre! repitió la hermosa jóven: ¡debe ser muy raro eso de ver morirse de hambre! Me alegraria ver á esa familia.

--Puedes conseguirlo al instante.

--¡Yo!

--Vénte ahora mismo conmigo á ver á esos desdichados.

--¿No les has socorrido tú?

--Sí, pero llevaba muy poco dinero para tan grande infortunio; figúrate un padre ciego, una madre baldada en una cama, y ¡cinco niños que piden pan á gritos!

Las personas ricas no pueden comprender de súbito los horrores de la miseria; así fué que mi amiga oyó este relato con bastante indiferencia; tomó su bolsillo y salió con su compañera.