Los negocios absorben todo su tiempo y absorben tambien su imaginacion.

La mujer, por el contrario, relegada al hogar doméstico, retirada en él, tiene muchas veces que acogerse á sus recuerdos para ser dichosa.

Á la mujer le está vedada toda ocupacion, toda actividad fuera del círculo de su familia, y los recuerdos son para ella un mundo mejor, un oásis en el cual descansa de todos esos dolores vulgares, silenciosos y desconocidos que combaten y envenenan su existencia.

La pradera donde corria cuando niña; los primeros libros que leyó; las oraciones que le enseñaba su madre; los cuentos de la vieja nodriza; los juegos con sus hermanos; la imágen ante la cual rezaba; las memorias de su primer amor; aquellas emociones tan puras, tan castas, tan indecisas, que ni áun despues de mucho tiempo sabe definir; la rama que el viento mecia en el bosque; el pájaro, que en las alboradas del estío se posaba á cantar en las macetas de su ventana; el primer ramillete que le regalaron y que conserva, seco ya, en el fondo de una caja; todas estas cosas forman para la mujer un mundo de poesía y de amor, al cual se retira para buscar la calma.

V.

Jamas he podido comprender que una mujer tenga gusto en cambiar con frecuencia de habitacion.

Dice Alejandro Dumas que los que rehusan cambiar de domicilio son, por lo regular, personas avaras.

Yo, con permiso del fecundo narrador, diré que no soy avara, y que, sin embargo, siento un gran dolor cada vez que he de trocar mi vivienda por otra, aunque gane mucho en el cambio.

¿Cómo no amar las paredes que nos han visto llorar, reir, y que han presenciado nuestras venturas y nuestros dolores?

¿Cómo no amar el primer rayo de sol que la primavera nos envia como una bella sonrisa, y el rayo de luna que viene á quebrarse en los cristales de nuestra ventana?