He visto gentes muy contentas con la pobreza, y que habiendo llegado á ser ricas por una herencia inesperada, por el logro de algun negocio lucrativo, han echado de ménos el tiempo de su medianía, y han deplorado el tener fortuna y los cuidados que ésta trae consigo.

Las mujeres se lamentan de la pobreza mucho más que los hombres, y se han visto algunas que, solas, aisladas, sin familia, han hecho esfuerzos inauditos para llegar á la opulencia, símbolo para ellas de todos los goces de la tierra.

Pero la riqueza se escapa siempre de las débiles manos de nuestro sexo: al ingenio, al talento de la mujer le falta constantemente la principal cualidad, la fuerza: no tiene ni las dotes ni los defectos masculinos, por más que se esfuerce en adquirirlos.

La energía ficticia y febril que una mujer da á su talento, es siempre estéril y pasajera: despues de estos esfuerzos, despues de estos ataques de epilepsía intelectual, recae en el vacío, más débil y más desalentada, porque esta energía pasajera la obtiene sólo á expensas de su fuerza natural, que no reside, como la del hombre de genio, en la violencia de las pasiones, en la gravedad de los estudios y en el vigor de los pensamientos, sino en la profundidad de las observaciones, en la exaltacion de las creencias y en la sublimidad de los sentimientos.

Así es que pocas mujeres han llegado á la fortuna por la sola fuerza de su talento, y en nuestro país desde luégo, no conozco ninguna; hay muchas que se han elevado al pináculo de sus deseos, manejando la intriga y la lisonja en un grado más ó ménos hábil, y han llegado á un enlace brillante, que les ha dado la opulencia y todos los goces de su exigente vanidad.

¡Mas cuántas veces es posible que estas mujeres hayan echado de ménos la apacible medianía, la casi pobreza que moraba en el techo paterno! ¡Cuántas veces habrán pensado en el modesto traje de lanilla, hecho por sus manos y estrenado con tanta alegría, al sentirse devoradas por el hastío que produce el no tener nada que desear!

II.

La miseria, y no la pobreza, es la que produce los crímenes, y de esos hombres que no tienen pan ni abrigo para su familia, salen generalmente los infelices que llenan los presidios y que sirven de escarmiento, cuando se aplican en todo su rigor, las leyes de la justicia humana.

Sin tener las ideas socialistas del ilustre escritor Eugenio Sué, que en su exageracion pretendia que todos los ricos eran malos y degradados, y todos los pobres ejemplares y virtuosos, creo que todos debemos, segun nuestras fuerzas, aplicarnos á socorrer la miseria, y que una parte á lo ménos de lo que gastamos en lo superfluo, debemos dedicarlo á dar lo necesario á los que no lo tienen. La miseria tiene varios aspectos: no es la que se ostenta la más digna de lástima y de socorro; es la que se oculta en las heladas buhardillas; la que cubierta con un espeso velo pide limosna por la noche; la que no se queja y viste aún con restos de decencia, para disimular el mayor tiempo posible la desgracia y el dolor.

Esa miseria vergonzante es la más dolorosa y la más digna de auxilio, porque casi siempre procede de desgracias inmensas, de pérdidas del corazon, tan ligadas á los intereses, que han arruinado para siempre la felicidad y la fortuna.