En efecto: este hombre se ha casado con una mujer que nada tiene que agradecer á la naturaleza, sino un metal de voz lleno de encanto, y que ella modula con una destreza exquisita y una dulzura sin igual.
Los contrastes se buscan siempre, y son los que crean las más fuertes afecciones: aquel hombre severo, de carácter duro y seco, no podia ménos de enamorarse de la dulzura que prometia la voz encantadora de su esposa.
He visto este hombre arrebatado de ira en muchas ocasiones, calmarse al oir el dulce acento de su mujer, que, aunque conociendo su ridícula é inmotivada cólera, le decia:
--Tienes razon mil veces, pero cálmate por mí, pues te vas á poner malo; ya se arreglará eso de otro modo.
Alguna persona rigorista, presente como yo á estas escenas, ha dicho que esta mujer era una hipócrita, y que culpando en el fondo de su alma á su marido, fingia ser de su parecer; pero ¿hubiera ganado algo la paz de la casa y de la familia con que ella hubiese dado gritos tambien, culpando la imprudencia y la cólera de su esposo?
Sin duda que no: ella le trata como á un enfermo y hace bien, porque realmente lo está: la ira es una cruel dolencia moral.
Algunas veces, en lo más fuerte de sus accesos, este hombre violento se cubre avergonzado el rostro, y una dulce palabra de su mujer es la que causa tan maravilloso efecto, por el contraste que ofrece con su grosera cólera: la he visto en várias ocasiones callar, hacer como que no ve su confusion, y salir un instante, para no humillarle con su triunfo: cuando volvia á la habitacion ya parecia no acordarse de aquello, y hablaba á su marido de otras cosas, con tanta afabilidad como si nada hubiera pasado.
Así, la dulce influencia de aquel acento ha ido calmando las olas de la cólera del esposo: el hombre quiere ser siempre superior á la mujer, y á ningun marido que ama á la suya, le gusta verse rebajado ante sus ojos, y lo que es más duro, á los ojos de sus hijos.
¿Es acaso esta mujer insensible?
No: es prudente; ama á su marido, y conoce bien el corazon humano.