III.

Ya he dicho más arriba que el carácter dominante y la propension á la cólera alteran la voz y le dan sonidos broncos y desagradables; así es que la voz áspera se tiene por signo de una índole desapacible y violenta, y por lo mismo, las mujeres de voz poco dulce son poco simpáticas al sexo fuerte.

Hay, sin embargo, mujeres dotadas de un metal de voz dulcísimo, y de una expresion angelical en el rostro, con un carácter de hierro y una voluntad más firme que todas las voluntariosas é impacientes: estas mujeres, dotadas de bastante sangre fria para no descomponerse jamas, dan órdenes severas é ineludibles con el acento más melodioso, y toman resoluciones enérgicas y terribles, que rara vez adoptan las que regañan mucho.

La fuerza de inercia es la que adoptan esas mujeres; pero ésta es la más fuerte y la más inquebrantable: dicen que sí á todo, y sólo hacen lo que quieren ó les conviene: enfrente de otra voluntad fuerte, lloran, se desmayan, se refugian en el no puedo, suplican y fatigan al que las quiere dominar, saliéndose siempre con la suya, como suele decirse.

Esta clase de caractéres no me parece digna de aprecio: pero la prefiero con mucho á la otra clase, que encierra todas las provocaciones de la cólera grosera, todas las réplicas brutales y descompuestas, de la impaciencia: dominar por la súplica y por la protesta de la debilidad, es más digno y más propio de la mujer, que hacerse temible por las manifestaciones de su enojo.

El huracan troncha la soberbia encina, y pasa sobre la verde caña que se doblega á su ímpetu, y que vive á orillas del lago azul y trasparente.

Mérito grande es en la mujer el ser dulce en la voz y en los modales, é inquebrantable en la voluntad para las cosas buenas.

IV.

No hay mujer ninguna, á ménos que no sea completamente insensible, dotada de una perenne é inalterable dulzura: á la que veo siempre complaciente, serena, con la sonrisa en los labios, y hablando melosamente, lo confieso, no le dedico mis más grandes simpatías.

El alma tiene sus tempestades, como el mar y como el cielo: una contraccion de facciones, una lágrima cerniéndose en las pestañas, un temblor en la voz, la palidez y el rubor súbito, son señales infalibles de la lucha de la voluntad y de la sublime victoria que sobre ella se alcanza: he visto, y no hace muchos dias, á una mujer jóven, bella y virtuosísima, ultrajada por su marido ante un gran número de personas, y digo ultrajada, porque sin motivo alguno la desmintió con una irritante é insolente grosería.