Poco despues de las once de una calurosa mañana de Julio, salimos de Barcelona y tomamos el camino de Monserrat, adonde llegamos á eso de las siete de la tarde[[1]].

Durante dos horas, y á pesar de ir sentada en la delantera del carruaje, mis ojos no descubrian más que altísimos montes.

En el centro de éstos se eleva el Monserrat, el cual, segun la opinion de todos los viajeros célebres que han escrito sus impresiones y recuerdos, no tiene igual ni semejanza en todo el orbe.

Su altura piramidal es de 1.300 varas, y por lo maravilloso de su forma diríase, al mirarle desde alguna distancia, que es una ciudad inexpugnable, rodeada de un cinturon de fuertes torres, y que sólo la mano de Dios puede destruir.

¡Oh, Antonia mia! Cuando me vi al pié del inmenso monte, consagrado por la presencia de la Vírgen Madre de Dios, que ha hecho de él su palacio; cuando en derredor mio vi aquellas enormes peñas, suspendidas al parecer en los aires y prontas á desprenderse; cuando vi la cúspide del Montserrat tocando á las nubes, tan diáfanas y movibles que parecian el manto del Señor, mi corazon tembló dentro del pecho y humillé la frente confundida, no sólo de mi pequeñez, sino de la pequeñez humana.

En la falda de la gran montaña se eleva el santuario como un puerto de paz y de esperanza.

La guerra con todos sus horrores ha pasado por aquel sagrado recinto, incendiando y destruyendo cuanto ha hallado á su paso; pero las ruinas, que en todas partes son tristes, respiran allí una augusta y melancólica grandeza.

Adivínase sin trabajo lo que sería el santuario ántes que los soldados franceses arrojasen en él las teas del incendio: yo vi aquellos majestuosos restos á la melancólica luz de la luna, y me arrodillé y oré, pareciéndome que á traves de las arruinadas paredes veia el semblante de ese Dios todo amor, todo grandeza y misericordia.

El fuego ha consumido las esculpidas puertas y ha ennegrecido las gruesas paredes de piedra.

Cascadas de hiedra silvestre se precipitan por las derruidas ventanas, como ingratas hijas que huyen del techo paternal porque es triste, ó bien como cautivas jóvenes que buscan aire y sol.