Para tí cogí un pequeño ramo de aquellas flores; ya las has visto, son pobres de colores y humildes; pero las guarda la Vírgen de las montañas, y me parecen consagradas por su presencia.

La iglesia es espaciosa y sencilla: toda su magnificencia, los dorados y mármoles con que tantos reyes y príncipes cristianos la enriquecieron en el pasado siglo, han desaparecido: ahora está blanca y pobre, como la casta Vírgen que ha depuesto sus galas para vestir el ropaje de la pureza y de la humildad.

En el altar mayor está la hermosa imágen: es muy morena, así como el niño que tiene sentado sobre sus rodillas; aunque todos los historiadores están discordes acerca de la procedencia de esta imágen, la opinion más válida y admitida asegura que es la misma que trajo á España el apóstol San Pedro, obra de San Lúcas, y escondida cuando la invasion de los árabes en las peñas de Monserrat por el godo Gregorio y por Pedro, obispo de Barcelona.

II.

Corria el año del Señor 880 cuando se oyeron coros celestes y se vieron resplandores extraños en la montaña: era el anochecer de un sábado cuando advirtieron este prodigio unos pastores: llegada la noticia á Gundemaro, obispo de Vich, pasó con el clero y muchos fieles al lugar de los prodigios; y despues de vencer muchas dificultades y peligros, á causa de lo escabroso del monte, hallaron una pequeña cueva cavada en la roca, y dentro de ella una hermosa imágen de María, con el niño Jesus en los brazos, que exhalaba y exhala aún hoy una fragancia exquisita.

Tomóla en los brazos el santo Obispo, para conducirla en procesion á una iglesia donde fuese venerada con el decoro debido; pero á los pocos pasos la sagrada imágen quedóse inmóvil y sin poder ninguna fuerza humana separarla de aquel sitio.

En él, pues, se le edificó una capilla, que poco despues se convirtió en monasterio de religiosas de la órden de San Benito, por disposicion y voto del conde Vifredo, el Velloso, del cual fué abadesa su hija la jóven y bella Riquilda.

Poco despues el Conde de Barcelona, sucesor de Vifredo, sustituyó monjes de San Benito, traidos del convento de Santa María de Ripoll, por cuanto era tanta la afluencia de peregrinos al sagrado monte, que no podian darles las religiosas hospitalidad con el decoro debido.

No quiero acabar esta carta, mi querida Antonia, sin hablarte de la Baranda de los monjes, extensa galería, á la cual se pasa por el interior del monasterio, y que está guardada por tres colosales estatuas de religiosos.

Esas impasibles y mudas figuras de piedra, eternos guardadores del monasterio, eternos testigos de sus glorias y de su devastacion, sobre cuyas calvas cabezas pasan los años y las tempestades, á cuyos piés vuelan las águilas sobre el abismo, me han inspirado un respeto en que entra tambien el terror.