No hay ninguna de las grandes virtudes que admiramos por las heroicas acciones que producen, que tenga el encanto de esta dulce y cándida virtud.
El valor, la generosidad, la abnegacion, el sacrificio llevado á sus límites más elevados y más sublimes, admiran: pero la modestia cautiva y atrae con un poder indecible.
Como todas las virtudes suaves, ésta es más propia de la mujer que del hombre, y más necesaria en ésta que en aquél.
La modestia tiene la belleza y el dulce aroma de las violetas: la modestia, como estas flores, se oculta con ese suave é inimitable rubor de la inocencia; pero su perfume la descubre, y hace que sean admirados sus encantos y su gracia, hasta por los más indiferentes.
La modestia es el mayor encanto de nuestro sexo, ó, mejor dicho, el complemento de sus encantos; puede compararse á esos diáfanos y blancos velos que las mujeres echan sobre su rostro para parecer más bellas. Y así como esos velos ocultan los leves defectos del semblante, encubriéndolos vagamente, y hacen resaltar todas las perfecciones de la que los usa, del mismo modo la modestia disimula todos los defectos del carácter y hace resaltar todas las bellas cualidades.
No hay falsa modestia.
La mujer que, sin poseerla, pretende hacer alarde de ella, no conseguirá más que ponerse en ridículo. Porque la modestia es tan suavemente humilde, que ni se apercibe de su propia belleza, ni se toma el trabajo de mostrarse. Se la adivina, como á la violeta, por su aroma. Se la busca, y, una vez encontrada, se la contempla con arrobamiento y se la ama.
La modestia es dulcemente majestuosa; altiva con suavidad, amable y encantadora, como todas aquellas prendas que tienen su base en la excelencia y bondad del corazon.
Una mujer que no haga alarde de lo que vale es una cosa tan rara, ó al ménos se considera tan escasa, atendida la vanidad que se achaca á nuestro sexo, que, con razon, se la contempla con admiracion y simpatía.
¿Y sabeis lo que es simpatía?