El mérito de una persona, por grande que sea, es despreciado si ésta hace de él una ridícula ostentacion, ó si mira con desden el de los demas.

Y este desprecio hácia la altanería es inherente á la naturaleza humana.

Cada uno de los mortales tiene su dignidad, que es muy peligroso hollar, y á falta de dignidad, existe en todos un sentimiento invencible de amor propio.

Por eso las personas modestas son tan simpáticas y tienen tantos amigos.

Aunque la simpatía es espontánea, casi nunca es inmotivada, y una persona dulce y modesta despertará muchas más simpatías que una vana y altanera.

Á la mujer modesta se le concede mérito de buena voluntad, por lo mismo que ella parece desconocerlo.

Á la que exige homenajes se le niegan hasta las atenciones más comunes, porque, fuerza es confesarlo, en nuestro sexo predomina la envidia; y por eso dije en otro capítulo que la mujer que ha nacido privilegiada por las dotes intelectuales, tiene que hacerse perdonar esta ventaja por su dulzura y suavidad.

Lo mismo que dije tocante á la belleza intelectual, digo ahora respecto de la hermosura física.

La que se envanece con ella, la que exige admiracion, léjos de obtenerla, únicamente conseguirá que se le niegue todo mérito; ó si se le concede, lo que es todavía peor, que se la rebaje con alguna calumnia, inventada por la envidia y la maledicencia.

La modestia es casi siempre un puerto seguro contra todos estos peligros; porque la modestia es tan benignamente dulce y bella, que ni exige homenajes ni ofende á nadie.