¿Cómo serán buenas esposas? Y sobre todo, ¿cómo serán buenas madres?

Acostumbrándolas al lujo, exponen las madres á sus hijas á ser muy desgraciadas; el primer mal que las proporcionan es el hastío, que nace de la saciedad de todos los deseos; el carácter de estas niñas, á las que el vulgo llama felices, se agria, se hace vanidoso, despreciativo, duro para los demas, antipático, en una palabra. Sus caprichos, sus exigencias no tienen fin ni medida, y sus padres son las primeras víctimas.

Cuando estas niñas llegan á la edad de amar y de ser amadas, el lujo es tambien el orígen de su desgracia; toda fortuna del que desea casarse con ellas les parece poca; saben sumar y restar, como la Cecilia de Le Duc Job, que escribió en frances Leon Laya y arregló un académico español con el título de Lo Positivo, y saben calcular perfectamente lo que necesitan para alimentar la voracidad de ese dragon que se llama lujo.

Suelen casarse, pues, no con el que aman, sino con el que es más rico, porque el descender les sería insoportable.

Pero si la suerte inconstante convierte, por uno de esos incidentes tan comunes en nuestra época, la opulencia en medianía, ¡cuánto tienen que sufrir esas pobres criaturas! ¡Cuánto más que la que ha sido educada con modestia y sencillez!

No entra por poco tambien el miedo al lujo en la aversion que muchos hombres tienen al matrimonio; muy pocos hay que quieran ver sufrir á la mujer que aman, y ántes prefieren renunciar á ella, que someterla á privaciones de todos los instantes.

El lujo, el detestable lujo, ha hecho imposible el hogar y la familia: el carruaje, el abono en los teatros, la modista cara, la peinadora, las telas de valor, los encajes y las joyas, parecen en el dia--y sobre todo en nuestra pobre España--necesidades imprescindibles, necesidades que ni nuestras abuelas, ni áun nuestras madres conocian.

II.

Es una cosa innegable que el lujo enfria el alma y la deja como murada para todo sentimiento elevado y generoso.

Semejante á la pasion del juego, la pasion del lujo absorbe por completo la existencia; como la hidra de la fábula, que siempre tenía siete cabezas, porque renacian cuantas se le cortaban, el lujo tiene siempre hambrientas sus siete fauces, y próximas á devorar, no sólo el dinero, sino el sosiego: una mujer dedicada por completo á los cuidados que el lujo proporciona, no piensa en nada serio, útil y elevado; el cuidado de sobresalir y de hacerse envidiar ocupa todas las horas de su vida; y si es verdad que le causa algunas satisfacciones, es tambien cierto que le proporciona muchos dolores.