Por grande que sea la fortuna de una jóven, jamas, hasta que se case, debe llevar encajes, joyas, y telas fuertes de seda; esto envejece y afea hasta á las más bonitas, así como las telas ligeras y baratas, el tafetan, el foulard, la gasa, el tul y la muselina, hablan de frescura, de alegría y de juventud.
LA CASA.
I.
¡Dulce palabra, que consuela de todas las penas! ¡Oásis de la vida, retiro santo de la mujer, albergue grato del hombre! ¡Cuánto debemos estimarte todos los que sabemos lo que es amar y sentir!
¡Mi casa! El que tiene siquiera con el pan diario, debe contar como la primera, como la más suave y grata de todas las felicidades, el poder pronunciar estas palabras.
La casa debe ser el santuario de la mujer y el sitio donde debe hallarse mejor que en otro alguno; y sin embargo, vemos mujeres que pasan su vida de fiesta en fiesta y que apénas entran en su hogar más que para comer y dormir.
Yo las compadezco profundamente, y siempre que las veo recuerdo una triste historia que voy á referir á mis lectoras.
II.
Una jóven muy bonita y muy á la moda, casó hará unos tres años con un hombre á quien amaba; era él inteligente, pero ambicioso, y conocia perfectamente la gran frivolidad de su mujer.