Á los tres meses de haberse casado, la miraba como á uno de los hermosos cuadros que componen su soberbia galería de pinturas.

La esposa no disponia de los intereses de la casa, ni en la parte más pequeña; no salia casi nunca con su marido; cuando éste tenía spleen, ó algun disgusto, se encerraba en su cuarto; cuando estaba alegre se iba á comer con sus amigos; fuerza es decir que en cambio la dejaba salir siempre que queria, le daba la más ámplia libertad, y no bien manifestaba deseo de poseer un traje nuevo, un aderezo, un rico encaje, lo tenía en su guardaropa ó en su joyero.

--¡Qué mujer tan feliz, decian sus amigas; en tanto que fué soltera se divirtió cuanto quiso; hizo un soberbio casamiento, y ahora vive como una reina!

Así juzga el mundo casi siempre.

La jóven frívola y ligera, que sólo pensaba poco ántes en teatros, bailes y paseos; la gentil amazona, que recorria las alamedas de la fuente Castellana seguida de una nube de adoradores, habia empezado á reflexionar en el aislamiento y soledad de su casa.

Su cabeza estaba vacía; pero su corazon, bueno y amante, comprendió que no ocupaba el sitio que era suyo, ni en su hogar, ni en el cariño y consideracion de su marido.

No era su amiga ni su compañera; era una cosa bonita, á la que se cuidaba como á las porcelanas de sus consolas; era una figura mecánica, como el autómata jugador de ajedrez, que á gran precio habia comprado su marido en Alemania.

III.

Un dia, la pobre jóven fué á buscar á su marido, y al ir á hablarle prorumpió en lágrimas.

--¿Qué tienes? le preguntó aquél. ¿Deseas un traje nuevo? Tendrás dos. ¿Un nuevo carruaje? Lo estrenarás mañana.