Su consejero no se tomó la pena de responderle, y salió de allí maldiciendo á la envidia y á los envidiosos.

III.

Sin vacilar un instante, encaminó sus pasos á casa de la mujer á quien habia tratado, con sus consejos, de excluir del convite; porque hay personas en la sociedad que se nutren de chismes y miserias, como otras se nutren de obras buenas y elevadas.

Halló á la bella señora de Z. sola en su gabinete y leyendo; sentóse, y despues de algunas lisonjas vulgares, entró de lleno en la cuestion.

--He tenido un mal rato, dijo con aire triste.

--¿Un mal rato? preguntó la jóven; ¿por qué, amigo mio?

--Porque he oido hablar de V. con mucha injusticia.

--¿De mí?

--De V., sí, señora.

El buen amigo se calló, esperando esta pregunta tan natural: