Y no era su destierro, ni su desgracia, ni su pobreza lo que deploraba, sino la suerte de sus hijos, condenados por ella á todos los dolores, á todas las humillaciones, y privados de su rango y de sus bienes; por eso desde el instante en que salió de Roma, en la oscuridadde una tempestuosa noche, sólo supo emplear su pensamiento en combinar los medios de salvar á sus hijos de aquella inmensa desgracia.

Tristemente sentada en una pobre barquilla atravesaba el Tíber, envuelta en su manto y rodeada de sus hijos, abrigando á unos contra su seno, cubriendo á otros con su velo, y sosteniendo en sus hombros las bellas cabezas de sus hijas Julia y Drusila, niñas aún, pero que ya prometian todas las gracias de una bella adolescencia.

--¿Qué haré? se preguntaba la infeliz princesa, con esa voz del alma que no sube á los labios, pero que es tan desolada, tan triste y tan profunda; ¿que haré para salvar á mis hijos?

Y la misma voz le respondia:

--¡Morir!

Repitiéndose sin cesar la terrible pregunta y la aterradora respuesta llegaron al destierro, y entónces se apoderó más que nunca de Agripina el deseo de morir, para recomendar á sus hijos á la clemencia del Emperador.

Pronto pudo ponerlo por obra: empezó diciendo á sus hijos que queria comer sola, y arrojaba al rio, que corria bajo su ventana, el alimento que sus esclavas le servian.

Bien hubiera querido precipitarse ella en aquel mismo rio, mas pensaba en la dolorosa sorpresa de sus hijos cuando se hallára su cadáver arrojado á la orilla por las turbias ondas, y desistió de la idea de buscar una muerte pronta; la del veneno, la del puñal, tenian las mismas dificultades, y optó por la más dolorosa para ella, ansiando, ante todo, no herir con una funesta sorpresa, á los seres que amaba con tanto delirio.

Optó, pues, por la muerte de hambre, la más lenta, la más dolorosa de las muertes; pero la única tambien que podia engañar á sus hijos.

¿Puede encontrarse un ejemplo más heroico de abnegacion maternal?