Algunos dias pasaron: la madre recibia siempre á sus hijos á media luz, y con la sonrisa en los labios.

Un dia se la hallaron muerta en su lecho: á su lado habia un pergamino que contenia estas palabras, escritas con mano trémula.

--¡Hijos mios, no existiendo yo volveréis á Roma y al lado del Emperador... adios, y perdonadme si os dejo!

El médico, llamado para que examinase el cadáver, declaró que Agripina se habia dejado morir de hambre; y sobre los restos de aquella madre heroica hizo Calígula, el mayor de sus hijos, el juramento de aquella venganza que se cumplió, y que asombró á toda la tierra.

Aquel rasgo de amor maternal ha vivido como un ejemplo sublime á traves de los siglos; y, sin embargo, yo creo que en nuestros dias hay muchas madres capaces de hacer lo mismo que la ilustre matrona romana.

II.

Hay en la madre tal abnegacion, tanta ternura, tan natural inclinacion al sacrificio, que nada le cuesta exponer y áun dar la vida por sus hijos.

En mi concepto, el sacrificio moral de la madre es más meritorio y más sublime que el material que hizo Agripina; la influencia de aquélla en la familia es hoy de la más alta importancia, y crecerá aún, cuando se eduque á la mujer con más esmero y cuidado del que se ha empleado hasta el dia.

Una madre puede hacer de su hijo lo que quiera; y este axioma, que puede afirmarse como una verdad, le vemos comprobado en dos hombres eminentes, contemporáneo el uno, y el otro nacido en época no remota.

Alfonso de Lamartine debe á su madre, si no su talento, el rápido desarrollo del mismo, y el carácter noble y elevado que este mismo talento tomó: aquella madre bella, poética, entusiasta, tierna y melancólica, modeló á su imágen el alma de su hijo, ó más bien el alma del poeta, era en las manos de su madre un instrumento sonoro del que sacaba celestiales melodías.