I.

Triste es el ejemplo que vamos á ofrecer á nuestros lectores, y, sin embargo, le elegimos entre muchos, como el más elocuente y como el más propio para manifestar hasta dónde llega la influencia de la madre sobre su hijo.

Ya hemos visto la saludable que ejerció Mad. de Lamartine en el suyo; hablemos de la funesta, de la tristísima, que Lady Byron tuvo en el carácter y en el destino del ilustre poeta que le debe la vida.

La orgullosa y severa Inglaterra se envanece, y con justísima razon, de contar entre sus hijos al poeta cuyo nombre ha llenado con su gloria al mundo entero; pero si esa nacion, moral por excelencia y amante de la familia, separa sus ojos de madre de la entidad poeta de Lord Byron, y los fija en la entidad hombre del mismo, es seguro que los cerrará avergonzada.

Lady Byron estaba dotada de una hermosura encantadora y de un talento tan grande, que no podia comprenderse sin asombro, ó más bien que podian comprender muy pocas personas, pues sólo la inteligencia grande es la que sabe medir y apreciar la grande inteligencia.

Lady Byron no fué dichosa en su matrimonio; á pesar de sus sobresalientes dotes de talento y de hermosura, ó quizá á causa de estas mismas dotes, mal apreciadas de su marido, detestó el lazo eterno que á él le unia, y el nacimiento de su único hijo Jorge la causó más disgusto que placer.

La muerte desató su cadena conyugal, y, viuda ya, amó ó creyó amar muchas veces, engañándose siempre y mirando caer á sus piés los ídolos que su propia imaginacion habia levantado y vestido con doradas galas.

En la perpétua tempestad de su vida, poco ó nada pensaba en su hijo, que desde su más tierna edad escandalizaba, con los arrebatos de su carácter, á los sesudos profesores y á los inocentes educandos de los colegios de nobles de Harrow y de Cambridge; si Lady Byron hubiese modelado desde entónces el carácter de su hijo con el blando cincel del amor materno, seguramente no se hubiesen desencadenado más tarde las furiosas pasiones, que sumergieron la gigantesca naturaleza de Jorge en el abismo de todos los excesos.

Aquella madre fatal reunia una razon débil á una imaginacion ardiente y soñadora y á un corazon árido y frio; su salvaje orgullo le hacía negar todo cuanto no comprendia; sus creencias religiosas, débiles siempre, desaparecieron por completo cuando más falta le hacian; cuando la edad del amor habia pasado; cuando su cabeza, rehusando abrigarse bajo la santa bandera de la fe cristiana, debia quedar expuesta á todas las tempestades de la vida.

II.