Madame de Genlis nos ha pintado, en una de sus encantadoras novelitas, un ejemplo casi heroico del amor maternal.

Una jovencita, hija de una viuda hermosa y rica, estaba dotada de tan rebelde é indomable carácter, que parecia haber nacido solamente para ser el tormento de la que le habia dado el sér: no hubo pena que la pobre madre no sufriese de su hija, y Eglantina, que este era su nombre, en vez de agradecer á su madre el que se hubiera dedicado á ella por completo, renunciando al amor y al matrimonio, parecia complacerse en llenar su vida de disgustos y sinsabores.

Una terrible enfermedad acometió de repente á la jóven: el cielo le envió una viruela maligna, que le atacó á la vista de tal modo, que los médicos la declararon en inminente riesgo de perderla.

--Sólo hay un medio, dijo el más anciano; pero lo veo imposible de lograr.

--¡Hable V., doctor,! exclamó la afligida madre: diga ese medio, y le aseguro que lo encontrar.

--¡Imposible, señora!

--¿Qué hay de imposible para una madre cuando se trata de salvar á su hija? ¡Le digo á V. que lo hallaré!

--Pues bien, es preciso buscar una mujer bastante pobre para que por una cantidad que ella misma fije, extraiga con los labios, y de la manera más lenta y más suave posible, el humor maligno que ha cargado á los ojos de la señorita su hija de V.

--¡Gran Dios! exclamó la madre; ¿y dónde hallar á esa mujer?

--Creo que en ninguna parte, señora, y tanto ménos se hallará, cuanto que es un deber de conciencia el advertirle que peligra su vida, si traga alguna partícula de ese humor.