Aquella misma tarde, al volver los doctores, se hallaron á la madre de Eglantina vestida con un humilde traje de algodon y con una gorra de muselina.

--Ya se ha encontrado la persona que necesitábamos para salvar á mi hija, dijo.

--¿Ha sido posible?

--Sí, señores.

--¿Y dónde está?

--Yo soy.

--¡Usted! exclamaron los dos médicos.

--Yo misma; sírvanse, pues, darme sus instrucciones para ir al instante á aliviar á mi hija.

--Olvida V., señora, que expone la vida, exclamaron los doctores.

--No lo olvido, y por lo mismo que se expone la vida, es á mí, y sólo á mí, á quien corresponde tomar ese cargo. ¡Cómo! ¿me han creido VV. capaz, señores, de ir á buscar quien por dinero llenase un oficio repugnante, y que yo desempeñaré con verdadera felicidad? ¡Salvar á mi hija! ¿Qué más gloria podia yo esperar que me estuviera destinada, ni cómo cederia á nadie esta ventura? Si por un instante he podido pensar que otra lo haria, bien pronto me he dicho que sólo yo debia y podia llenar esta sagrada obligacion.