Y la generosa madre condujo á los médicos á la alcoba de su hija.

Eglantina tenía los ojos cerrados y cargados de viruela; su madre se inclinó sobre ella, y la informó dulcemente del único remedio que habia para salvarla la vida.

--¡De esta suerte, murmuró la jóven con tristeza, estoy ciega para siempre! porque ¿quién habrá que se quiera encargar de salvarme, practicando tan repugnante trabajo?

--Ya se ha encontrado quién lo hará, hija mia.

--¿Y quién es?

--Una pobre madre que quiere ganar la suma que yo la he prometido, y ahora mismo va á empezar la cura: te dejo sola con ella, y vuelvo pronto.

La madre hizo como que se iba, y volvió, arrodillándose en seguida al lado de la cama de su hija, y dando principio á la operacion.

¿Quién podrá pintar la sorpresa de Eglantina, al ver que era su madre la que habia salvado su vista, y acaso su vida?

Un cambio completo se verificó en su corazon, y dedicó toda su existencia á pagar á aquella madre generosa la deuda de gratitud, que con ella habia contraido.

No hay sacrificio, ni moral ni material, que no pueda y sepa hacer una madre, y los rasgos más heroicos de que puede envanecerse nuestro sexo, por las madres han sido llevados á cabo.