No porque haya faroles en la villa,

Ha de estar el hogar sin lamparilla.

Pero esta lamparilla debe encenderse para que su suave luz ilumine á la familia y comunique un dulce y grato resplandor á la casa.

Nunca como hoy es necesaria la mujer en su casa: en otro tiempo, el hombre era el administrador natural de la fortuna de la familia; el que calculaba y el que cuidaba del porvenir de su esposa é hijos; hoy, sobre todo en Madrid, las discusiones políticas, las juntas patrióticas, los clubs, las manifestaciones en que de contínuo pasea las calles, absorben todo su tiempo, y apénas está en su casa las horas precisas para comer y dormir.

Si á la mujer se la hace sábia y se la da ademas la libertad de emplear y lucir su sabiduría, ¿quién velará por la fortuna y por la educacion de sus hijos? ¿quién por el buen órden de la casa, por la armonía interior, por el bienestar doméstico, único positivo de la vida?

El hombre, fatigado por las luchas de la política, por el malestar y las decepciones que traen consigo los negocios, necesita el fresco oásis donde descansar del abrasado arenal, que cada dia tiene que cruzar en el desierto de la existencia.

Cuanto más se haga dificultoso el camino, más la compañera que ha elegido necesita hacerle grato y sosegado el lugar del reposo. Al entrar en su casa debe hallar el dulce silencio de la paz y las melodías de la risa, que son la expresion de la alegría y de la felicidad: el órden, que es el bienestar, la armonía, que es la gracia, le harán grata la estancia en su casa, y tal vez, como el ilustre y desgraciado escritor Cárlos Bernard, tendrá el buen gusto de preferir el blando sosiego de su salon á las luchas de afuera, y á los salones donde impera la ambicion.

III.

El dilema es claro y cualquiera espíritu sano lo puede resolver sin dificultad.

Puesto que el hombre no está jamas en su casa, nunca como ahora ha sido la casa el lugar que debe ocupar la mujer.