Apénas habia salido de la infancia, cuando ya sostenia conversaciones sérias con su padre, que á su vez la adoraba, y con todos los ilustrados amigos de aquel hombre de Estado.
Su gran talento se desarrollaba á expensas del cuerpo, y los médicos la ordenaron residir en el campo, adonde su padre iba á verla con frecuencia; la instruccion particular que su padre le daba fué la que produjo en ella aquel entusiasmo que animó toda su vida, como una bella llama, y una inclinacion irresistible hácia las altas cualidades que distinguen á los hombres superiores.
Era la admiracion de todos la apasionada ternura con que se amaban el Ministro y su hija, y la frialdad que reinaba entre la misma y su madre; pero aunque se ha pretendido que aquella frialdad nacia de que Mme. Necker tenía celos del afecto de su esposo á su hija, es lo cierto que no pudiendo la madre moderar á su gusto el carácter y las inclinaciones de la niña, se fué apartando de ella poco á poco.
La severidad maternal hizo que Ana, éste era el nombre de la autora de Corina, manifestase toda su ternura á su padre, y áun se cree tambien que retrató á la que la habia llevado en su seno en la severa lady Edgermond, tan recta, tan virtuosa, pero tan intolerante y tan poco indulgente.
III.
Desde que aquella ilustre niña pudo pensar, se ocupó en meditar los graves asuntos de la política, por lo que podian interesar á su adorado padre.
Para no separarse de éste, eligió, entre los numerosos pretendientes que se presentaron á su mano, á Erico Magnus, baron de Staël Holstein, embajador de Suecia, y que dió su palabra de honor de no obligar jamas á su esposa á dejar la Francia.
Cuando la revolucion francesa trajo el destierro para Mr. Necker, éste se retiró á Suiza y su hija le acompañó; volvió á ser llamado por el Rey, y otra vez fué con él á París.
En 1790 el Ministro, abrumado de injusticias y disgustos, abandonó por segunda vez á Francia. Ana acababa de dar á luz un hijo; mas olvidando el cuidado de su propia salud, se puso en camino para seguir á su padre á la posesion de Copelt.
Poco tiempo despues murió la Baronesa, y Ana fué entónces más que nunca el solo consuelo de su padre, extremadamente afligido por la pérdida de su esposa.