Ved aquí la terrible palabra que, como el soplo helado del cierzo, pasa sobre las flores tronchando sus verdes tallos, destruye la sávia de las ilusiones y seca todas las flores del corazon.
¿Para qué? es decir, ¿á qué conduce eso? ¿Qué beneficio ó qué placer me reporta? ¿Qué me importa la opinion ajena? ¿Qué el bien parecer? ¿Qué la dicha de los otros?
La primera vez que oí aquella terrible pregunta, un temblor doloroso se apoderó de mí, porque adiviné que salia de un corazon yerto y sin calor.
El que las pronunciaba era un hombre; un hombre que ya entraba en el otoño de la vida, y cuyas sienes estaban prematuramente coronadas de cabellos blancos.
Hablábale yo de su talento, que hacía tiempo no producia obra alguna, á pesar de ser universalmente reconocido; me quejaba de lo que llamaba su pereza, y le instaba para que trabajase como en otro tiempo.
--¿Para qué? me preguntó, encogiéndose de hombros con tristeza.
--¡Para qué! repetí; ¡para complacer al público y á sus amigos de usted!
Volvió á repetir el mismo triste y desolado movimiento.
--¡Para tener gloria ó aumentar la que ya ha alcanzado!
--¡La gloria es humo!