II.
Era una hermosa tarde.
Moria el sol tras un alto monte, cuya falda se hallaba cubierta de verdor: grandes pinos y álamos gigantes crecian allí hacía muchos años, con la libertad que sólo es una verdad en la naturaleza: un arroyo murmuraba entre los árboles, y extendia su ancha cinta de plata entre una doble guirnalda de flores.
Todo amaba en aquella dulce y armoniosa soledad: las aves, que sólo piden el diario sustento, amor y espacio, cantaban el himno de despedida á la tarde: áun el sol iluminaba el valle con sus rojos resplandores, y ya la luna, como soberana de la noche, aparecia clara y serena en el cielo, pronta á derramar en la campiña sus argentados rayos.
Sentados el escéptico y yo al lado de una ventana, guardábamos silencio: yo contemplando el paisaje; él con la mirada fija en el vacío: áun resonaba en mi oido el eco triste de la conversacion anterior, y queriendo verter una gota de bálsamo en aquella alma ulcerada, buscaba sin hallar la idea de que debia servirme, y que no queria llegar hasta mi mente.
Al fin me aventuré con timidez á tomar la palabra; y digo con timidez, porque no hay nada que intimide tanto al débil y tierno espíritu femenil como la proximidad de un alma helada.--Ya que no ama V. nada,--le dije,--¿tampoco quiere V. nada ni á nadie?
--Creo que no.
--¿No tiene V. padres?
--Hace ya largo tiempo que los perdí.
--¿Ni hermanos?