--Tengo una hermana de leche, madre de cinco niños: me escribe cada mes.
--¡Luégo le quiere á V.!--exclamé alegre al ver este rayo de luz entre tantas tinieblas.
--No,--repuso él,--me escribe para que no se me olvide el enviarle la cantidad mensual que le tengo asignada: este mes la he remitido el dinero sin carta, y le importa tan poco de mí, que ni un renglon me ha dirigido para informarse de la causa de mi silencio; recibió el dinero y le basta.
--Escríbale usted.
--¿Para qué?
--Para saber de ella: acaso esté enferma.
Mi amigo meció negativamente la cabeza.
En aquel instante una mujer apareció en la calle de árboles que venía á espirar al pié de la montaña.
Venía lentamente y parecia agobiada por la fatiga: sus vestidos eran pobres y su rostro estaba cubierto de una extrema palidez: al pasar por el arroyo brilló en sus ojos una ráfaga de alegría: inclinóse y llenó el hueco de su mano de agua fresca, que llevó á sus labios: el descreido la vió, dejó su asiento, y como un mentís dado á su fatal «¿para qué?», se lanzó á su encuentro.
III.