Así dispuesta, fea de cuerpo y más fea de alma, se hizo beata ó santurrona.

¡Beata!

¡Horrible palabra, que encierra un mundo de amargura, de ódio y de hiel!

Vistióse con un traje de jerga negra, púsose una mantilla de lana, unos zapatos gruesos; dejó las manos sin guantes; recogió el escaso cabello, dejando todo lo horrible posible su cara flaca y amarillenta, y así dispuesta, es decir, arrojando los últimos restos de belleza, de gracia y áun de decencia, detras de ella, empezó á ir á la iglesia, donde se pasaba los dias, y á confesar todas las semanas, criticando á las que no lo hacian.

¿Creerán esas mujeres que Jesus, el dulce, amante y hermoso Jesus, admite todo lo que hay en ellas de malo, que es lo que van á ofrecerle, despues de haber dado al mundo lo poco bueno que tenian?

III.

Imitemos á Jesus, ¡oh mujeres cristianas! á Jesus, que no llevaba el azote en la mano, sino la miel en los labios.

Él no culpaba: aconsejaba y redimia de la culpa.

Era piadoso y benigno para todos: era el supremo consolador de cuantos se le acercaban.

Ya que los hombres no sepan imitar al divino modelo, imitémosle las mujeres.