La verdadera cristiana ha de ser siempre tolerante y piadosa: ha de tener alumbrado su hogar con la dulce luz del buen ejemplo, y adornado con las flores de la paciencia y la resignacion.

La verdadera cristiana es como la mujer fuerte de la Escritura: atiende á todo, de todo cuida, y su benéfica influencia se deja sentir por todas partes.

La verdadera cristiana tiene siempre muchas y variadas ocupaciones, porque á la vez que se dedica á hacer la dicha y á iluminar el entendimiento de los suyos, se ocupa tambien de todas las labores de su casa y del bienestar material de los que ama.

Cuidando de la dicha de los suyos es una mujer buena cristiana.

He visto algunas que, bajo el pretexto de que tenian que confesarse al siguiente dia, se han negado á ir al teatro con su marido, y este marido, desairado y contrariado, ha renegado de la religion de su mujer que le privaba de su compañía.

Esa mujer faltaba á sus deberes, al primero de sus deberes, negándose á acompañar á su marido.

Una buena cristiana puede tener su casa muy bien dispuesta, sus hijos muy elegantes, su mesa muy bien servida, y puede ser, á pesar de todo esto, muy agradable á Dios, y áun serle agradable por lo mismo que hace todo esto, pues es gravísima falta el rodear á nuestra santa y benigna religion de fealdad, de acritud y de intolerancia.

IV.

La resignacion es otro de los adorables beneficios de nuestra religion sacrosanta.

He visto á una madre que adoraba á su hijo único, mirarle muerto en la cuna, pálida, temblorosa, como una flor tronchada por el huracan, y decir, alzando los ojos al cielo: