--¡Señor, era tuyo y te lo has llevado; hágase tu santa voluntad!

Si aquella mujer se hubiera sublevado contra la mano que la heria, si hubiese acusado á la Providencia, aunque despues la hubiera yo visto rezar, bostezando, veinte partes de rosario, no me hubiera parecido tan verdaderamente cristiana.

Un solo grito del alma, un latido del corazon, bastan para probar á Dios nuestro amor, nuestra obediencia y nuestra gratitud.

No son necesarias las exterioridades ni las prácticas rutinarias de la devocion exagerada é ignorante: Dios ve el fondo del alma, y el elevar los ojos á la bóveda celeste es ya un consuelo inefable.

No puedo expresar el disgusto que me causa cuando en la iglesia oigo rezar casi en voz alta, darse violentos golpes de pecho y lanzar suspiros dolorosos.

Semejantes extremos sólo sirven para distraer la atencion de los que verdaderamente hablan con Dios por medio de su pensamiento recogido y absorto en la grandeza de la divinidad.

¿Cuántas (y áun cuántos) hay que mezclan á los suspiros y á las palabras de la oracion ruidosos bostezos, productos del bárbaro ayuno á que se condenan?

¿Cuántas que enferman de dolores reumáticos por pasarse en las frias mañanas del invierno, cuatro, cinco y seis horas sobre el helado pavimento de la iglesia?

¿Cuántas que no comen de los postres, con risa interior de los criados y admiracion dolorosa de su familia, porque lo han ofrecido como prueba de mortificacion?

¿Y cuántas inspiran á sus hijos, con esas prácticas, terror hácia una religion que impone semejantes sacrificios?