(La Cruz del matrimonio.)
I.
¡Oh vírgen celeste, suave, pura, amable, tan adorada y tan digna de serlo! ¡Oh dulce y modesta benevolencia! ¡Quién no te acogerá en su seno! ¡Quién no te dará un blando asilo en su alma! ¡Quién no querrá hacer de tí la compañera de su vida!
Bajo tu blanco velo se cobijan todos los desdichados, y tu grata sonrisa borra todos los defectos: en vano la intolerancia te muestra su torva y adusta faz; serena y apacible, tú le muestras tu tranquila mirada y grata sonrisa.
Puede decirse que tú haces más bien que la caridad; porque ésta sólo alivia las grandes desgracias y tú endulzas las mil amarguras de la vida.
II.
No hay nada que más se tema, y por consiguiente que ménos se ame, que una persona excesivamente rigorista: un hombre de carácter duro é intratable inspira temor, y se desea estar siempre léjos de él; pero si estos defectos recaen en una mujer, la hacen insoportable y causan su eterna desgracia.
Es natural suponer en la mujer un carácter dulce, apacible y blando, un corazon tierno y sencillo, y gran flexibilidad de voluntad; nadie se admira de que una mujer sea excesivamente tímida y dócil, pero á lo que nadie puede acostumbrarse es á ver á una mujer dura é intolerante.
La que se halle dotada de estos hirientes defectos no conocerá nunca la amistad, ni acaso el amor.
La benevolencia es la llave que abre todos los corazones, y parece tan natural en la mujer como el perfume en la flor. ¿No sería extraño que una bella rosa exhalase miasmas pútridos?