--No, lo tiene impaciente, y ése es un mal más bien para ella que para vosotras. Vuestra madre siente con vehemencia y expresa con sinceridad: eso es todo.

--Y nos hace á los demas completamente infelices con esas dotes.

--No sostendré lo contrario; pero lo que os hace infelices es la exageracion de esas dotes, y, sobre todo, la impaciencia, que es consecuencia inmediata.

En efecto: si aquella madre hubiera sabido reprimir la impaciencia, sus hijas la hubieran amado mucho más y estimado mucho más tambien de lo que la estimaban.

Hay personas muy pacientes y hasta muy apacibles; pero es porque no sienten. Todo lo miran con indiferencia, y aunque el mundo se desplome, si salvan su individualidad no pasan pena alguna. Su semblante no se contrae jamas, la sonrisa no desaparece de sus labios y se hallan siempre en una perfecta tranquilidad moral y material.

La impaciencia les es perfectamente desconocida, y es que, como nada les interesa, por nada se apresuran, pues, lo repito, miran ante todo por su individuo.

Estas personas pasan generalmente por muy buenas, muy bondadosas, muy angelicales, cuando no son más que... muy impasibles.

Si la paciencia fuese nuestra fiel é inseparable compañera, seríamos, á no dudar, muy dichosos, porque cuando no reside en el alma, ésta se halla amargada, sufre, se queja, y ve todas las sinrazones con cristal de aumento.

Por el contrario, la paciencia es un estado de perfecta quietud: el que sabe esperar y sufrir, lo sabe todo; y en cuanto á las mujeres, la paciencia es la más adorable de las virtudes que pueden poseer.

III.