Está, pues, probado, que la impaciencia, más bien que hacer daño á la persona que la inspira lo hace á la que la siente, y que debe dominarse como un azote de nuestra existencia.

La impaciencia aumenta todos los defectos de las personas que nos rodean, y léjos de hacernos amar, nos hace odiosos y temibles, porque no hay persona constantemente descompuesta é impaciente que inspire cariño, confianza y estimacion, ni á sus amigos ni áun á su propia familia.

LA CARIDAD.

I.

Hay un consuelo para todas las penas de la vida: un bálsamo para todos los dolores: un rayo de sol que disipa todas las tinieblas que incesantemente oscurecen el horizonte de nuestra existencia: la caridad.

Se han visto personas cuyo corazon se hallaba yerto y marchito á fuerza de sentir amargos sinsabores, que en el ejercicio de esta virtud han hallado un consuelo supremo é inagotable, y que en pos de la caridad ha venido á visitarles la esperanza, esa hermosa mensajera del Dios de las misericordias.

La caridad es un beneficio para el que la ejerce, porque nada es tan consolador como el espectáculo del bien que se ha hecho, de la felicidad que es obra nuestra y que ha reemplazado al llanto de la desesperacion.

La caridad lleva en su manto el consuelo y la alegría. El que la ejerce ama á Jesucristo en el mendigo andrajoso y macilento, en la enferma anciana y desvalida, en el niño lloroso y abandonado.

¡Oh caridad! la pureza inmaculada de tu ropaje y la blancura de tus alas toman nueva brillantez al rozarse con la miseria que procuras y consigues aliviar. ¡Tú extiendes tanto tus beneficios que es imposible señalarles un término! ¡No te contentas con dar pan al hambriento, con vestir al desnudo y con prestar consuelo á todos los dolores! ¡Perdonas ademas todas las penas, y no hay injuria que no haga olvidar tu plácida dulzura!