ESCENA XIX

dichos y el señor peláez, con sombrero de copa y muy elegante.

Francisco.—Puede usted entrar, caballero, no hay
nadie.
Peláez.—Me alegro mucho. (Entra en el gabinete.)
Francisco.—Pase usted. (Éste no es de los que se 15
marchan sin pagar.) (Vase por el foro.)
Peláez.—Muy buenos días.
Atilano (Aterrado al verle).—¡Virgen Santísima! ¡El
Subsecretario!
Peláez.—¡Cómo! ¿Es usted Raigón? 20
Atilano.—No, señor, no: yo soy... el sus... el sus... el
sustituto. (¡Ay, qué susto!)
Peláez.—¿El señor Raigón está enfermo?
Atilano.—Sí, señor.
Peláez.—Pues, hombre, celebro tanto que sea usted 25
quien esté en su lugar, porque para esto parece que
inspira más confianza una persona conocida... (Quitándose
el sobretodo.
)
Atilano.—Sí, señor, sí.
Peláez.—Yo ignoraba que usted fuese dentista...
Atilano.—Sí, señor, sí. 5
Peláez.—Pues aquí me tiene usted desesperado.
Atilano.—¿Sí, eh?
Peláez.—Hace ocho días que no descanso por una
maldita muela. Padezco mucho de la boca. No voy
á tener más remedio que ponerme dentadura postiza. 10
Vea usted, ¡estoy perdido! (Abriendo la boca.)
Atilano.—(¡Es verdad, perdido!) (Antes de
mirarle.
)
Peláez.—Mire usted allá adentro.
Atilano (Acercándose á mirarle).—(¿Por qué no me 15
traga?)
Peláez.—Apenas me quedan huesos, porque yo para
esto he sido muy resuelto siempre. Me duele una,
¡fuera con ella!
Atilano.—¡Qué valor! 20
Peláez.—Ahora es ésta (Enseñándola.) la que me
atormenta.
Atilano.—(¡Qué gorda es!)
Peláez.—He pasado toda la noche sin dormir y ya
esta mañana dije: no sufro más, resueltamente me la 25
saco. Y aquí estoy decidido á todo... En este momento
no me duele nada, absolutamente nada...
Atilano.—¡Cuánto me alegro! Pues yo aconsejo á
usía...
Peláez.—Déjese de tratamientos... 30
Atilano.—Yo le aconsejo que se vuelva á su casa y
se acueste, ya que no ha dormido esta noche. Y allí,
muy tranquilito, se está hasta mañana, y si le retienta á
usía, se aguanta, y mañana vuelve por aquí.
Peláez.—No puede ser. Necesito asistir al Congreso
esta tarde. Está anunciada una interpelación, 5
tendré que hablar y no puedo exponerme á estar allí
rabiando... De ninguna manera. En estos casos no
hay que vacilar. ¡Ande usted pronto! (Se sienta en el
sillón.
)
Atilano.—(¡Pero qué afán de que se la saque!) 10
Peláez.—Yo soy así para todas mis cosas.
Atilano.—Sin embargo, me permito volver á aconsejarle
que deje para otro día la extracción...
Peláez.—Pero, ¿por qué? Si no hay inflamación ni
nada. 15
Atilano.—Pues bien, yo... lo confieso. No me
atrevo... Si estuviera el señor Raigón sí; pero yo
solo... la verdad... El temor de hacer daño á usía,
una persona que me inspira tanto respeto...
Peláez.—Ésa es demasiada modestia. No me 20
obligue usted á ir á otro dentista cuando ya estoy aquí.
Si el señor Raigón le deja sustituyéndole será porque le
juzga á usted digno de ello...
Atilano.—Crea usía que yo...
Peláez.—Éste es un caso raro: el paciente animando 25
al doctor. (Riendo.) Vamos, hombre, le repito á usted
que á mí esto no me asusta. (Levantándose del sillón.)
Atilano.—(Á mí sí.)
Peláez.—Y para darle ánimo y vencer esa timidez,
hija del respeto, que yo agradezco mucho, voy á hacerle 30
una promesa solemne. Si me saca usted la muela de
un solo tirón, mañana mismo le doy la credencial
que solicita.
Atilano.—¿Eh?
Peláez.—Palabra de caballero.
Atilano (Con resolución trágica).—Siéntese usía. 5
(Casi obligándole á sentarse.) (Ahora ó nunca.)
Peláez.—(Ya se ha decidido. ¡Pobre hombre!)
Atilano.—(¡Empleado! ¡Empleado! ¡Le saco
cuanto hay que sacar!) Ésta es la cocaína, sí. Le untaré
mucha. Prepárese usía. (¡Dios ponga tiento en 10
mis manos!) (Le unta con el algodón empapado en la
cocaína.
) Agárrese usía bien por si acaso.
Peláez.—Ya estoy, ya.
Atilano (Cogiendo el «forceps»).—Abra usía la boca...
Ea, valor. 15
Peláez.—Lo tengo.
Atilano.—No, si me lo digo á mí mismo. (¡Ay, qué
sudores!) Rece usía el credo. (Con naturalidad.)
Peláez (Riéndose).—Hombre, va usted á
ajusticiarme... 20
Atilano.—No; pero una oración siempre conviene
en los trances difíciles. (¡Santa Polonia, abogada de las
muelas, ven en mi auxilio!) Ésta ¿eh? (Metiéndole el
dedo en la boca.
)
Peláez.—Sí, ésa. 25
Atilano (Tira y saca la muela sin que Peláez se queje).—Consumatum
est.

Peláez.—¡Gracias á Dios! (Se enjuaga.)
Atilano (Asombrado mirándola).—¡Se la saqué, se la
saqué! 30
Peláez (Muy sonriente).—No he sentido nada. (Se
levanta y durante el diálogo va á enjuagarse varias
veces.
)
Atilano.—¡De veras!
Peláez.—Ni el más leve dolor. Tiene usted unas
manos admirables. 5
Atilano.—Sí, ¿eh?
Peláez.—Nada, nada, como que retiro mi promesa
de emplearle á usted.
Atilano.—¡Eh! ¿Qué dice usía?
Peláez.—Un hombre que tiene esa habilidad no debe 10
depender de un empleo. ¡Qué afán de destinos! Usted debe
dedicarse á esto exclusivamente.
Atilano.—¡Crea usía que ha sido una casualidad!
Peláez.—Yo he ido á los mejores dentistas de España
y del extranjero y ninguno lo ha hecho como usted. 15
Si no lo he sentido...
Atilano.—¡Yo sí! Por eso no puedo ejercer esta
profesión. Sufro mucho, me pongo nervioso y yo suplico
á usía, por lo que más ame en este mundo, (Casi afligido.)
que no me niegue ese modesto destino que pretendo. 20
Tengo una hija... crea usía que nos hace felices...
(Conmovido.)
Peláez (Riéndose).—Bueno, hombre, bueno. Vaya
usted mañana por el ministerio á recoger la credencial.
Atilano.—¡Ah, señor! ¿Cómo podré pagarle?... 25
Peláez.—Á propósito de pagar... ¿Cuánto le debo?
Atilano.—¡Nada!
Peláez.—Eso no: usted está supliendo al señor Raigón,
y no es justo que lo ponga de su bolsillo. Dígame 30
usted lo que es.
Atilano.—Lo que usía quiera.
Peláez.—Tome usted. (Le da dos billetes de veinticinco
pesetas.
)
Atilano.—¡Diez duros! Es demasiado...
Peláez.—Me parece baratísimo. Estoy como en la 5
gloria.
Atilano.—(¡Santa Polonia bendita, yo te pondré seis
velas!) (Ayuda á Peláez á ponerse el sobretodo y le da
el sombrero.
)

ESCENA XX

dichos, inocencia y lelis

Inocencia.—¡Ay, Dios mío, Dios mío! (Llorando.) 10
Lelis.—Aguanta un poco, monina. Se conoce que
hay gente dentro.
Inocencia.—¡Ay!
Lelis.—Eso ha sido del cabello de ángel.
Inocencia.—¿Por qué lo habré comido? ¡Ay! (Se 15
sienta.
)
Atilano.—Tome usía el bastón.
Peláez.—Vaya, adiós. Hasta mañana, ¿eh?
Atilano.—No faltaré. Descuide usía. (Salen del
gabinete.
) 20
Inocencia.—¡Esa voz!... ¡Mi papá! (Inocencia y
Lelis se ocultan detrás de la mampara.
)
Lelis.—(¡Su papá!)
Atilano.—Ya verá usía, (Acompañándole hasta la
puerta.
) en la nota que debe tener, que he sido auxiliar 25
tercero de la clase de quintos...
Peláez.—Quede usted tranquilo. Y conste que,
aunque usted esté empleado, será siempre mi dentista y
el de mi familia.
Atilano.—(¡Pobre familia!)
Peláez.—Adiós.
Atilano.—Vaya usía con Dios. (Se vuelve de pronto 5
bailando y castañeando los dedos.
) ¡Qué felicidad, qué
felicidad! (Repara en Inocencia y Lelis, que están aterrados
y como pegados á la pared.
) ¡Inocencia! ¡Tú
aquí! ¡Y usted!
Inocencia.—Oye, papá... 10
Lelis.—Don Atilano, yo soy el culpable. Yo la he
traído. Ya comprenderá usted que aquí no podíamos
venir con malas intenciones...
Atilano.—Pero tú... pero usted...
Lelis.—Yo, que la amo, sí; yo que no podía verla 15
padecer, porque es mi vida, mi bien...
Inocencia.—Perdón, papá...
Lelis.—Perdón, don Atilano. (Arrodillándose ante él.)

ESCENA XXI

dichos, francisco por la puerta del foro

Francisco.—¿Qué es esto? 20
Inocencia y Lelis.—¡Perdón!
Atilano.—Sí, hijos míos, hoy es día de que nos perdonen
á todos... ¡Á todos! (Á Francisco con intención.)
¡Francisco, tráeme la levita!
Francisco.—Pero... 25
Atilano.—Tráeme la levita... (Vase Francisco y
vuelve al instante con la levita de don Atilano al hombro.
)
Inocencia.—Papá, ¿quieres explicarme?
Atilano.—Luego, en casa lo sabréis todo...
Francisco.—Aquí está esto, y dígame usted...
(Ayuda á don Atilano á ponerse la levita.)
Atilano.—Mira: diez duros. Cinco te corresponden.
Toma... Me los ha dado el subsecretario, á 5
quien he sacado una muela.
Lelis.—¡Usted!
Inocencia.—¡Tú! Pero sabías eso...
Atilano.—¡Sin dolor!
Lelis (Á Inocencia).—Pues que te la saque... 10
Atilano.—¡No, no quiero ser parricida!
Inocencia.—Si ya no me duele.
Francisco (Á don Atilano).—Pero, ¿quiere usted
decirme?...
Atilano (Á Inocencia).—Tu muela del juicio ha sido 15
mi fortuna. Por ella vine aquí, por ella seré colocado
mañana mismo.
Francisco.—¿Sí?
Inocencia.—¡De veras!
Atilano.—Sí. Ahora me voy con la conciencia 20
tranquila. Esto me lo he ganado yo con mi trabajo,
(Enseñándole el billete.) ¡ay!, con muchísimo trabajo.

ESCENA XXII