JUGUETE CÓMICO EN UN ACTO Y EN PROSA

ORIGINAL
por
LUIS COCAT Y HELIODORO CRIADO

REPARTO
Personajes
PuraProcopio
CastaClaudio
Sandalia

La escena en Madrid.—Época actual

ACTO ÚNICO

Gabinete lujosamente amueblado. Puertas laterales á la derecha y otra en el fondo. Á la izquierda chimenea y al lado de ella dos butacas. Mesa de escritorio á la derecha, y una butaca delante de ella.

ESCENA PRIMERA

pura, casta, sandalia y procopio. Al alzarse el telón aparecen Procopio sentado á la mesa escribiendo; Sandalia y Pura sentadas en las butacas de junto á la chimenea; la primera haciendo calceta, y la segunda leyendo en un devocionario. Casta, sentada en la butaca de delante de la mesa, lee un periódico.

Procopio (Escribiendo).—Cinco, y me llevo seis...
seis, y me llevo siete... siete, y me llevo ocho...
Sandalia.—Pero, Procopio, veo que siempre te
llevas más de lo que dejas.
Procopio.—¿Qué sabes tú? Ésta es la aritmética, 5
mujer. Ajajá. (Sumando.) Cincuenta mil seiscientos
setenta y cuatro. Nuestra renta ha tenido este año un
aumento de diez mil setenta y cuatro reales. Por ahora
puede contar cada una de nuestras hijas con una renta
de unos veinticinco mil realitos. 10
Sandalia.—Más vale así.
Procopio.—¿Qué haces, Pura?
Pura.—Padre mío, leo los ejercicios del día.
Procopio.—¿Los ejercicios? ¿Ha venido tropa?...
¿Y tú, Casta?
Casta.—Estoy saboreando una magnífica composición
que se titula: «El día del juicio, ó el acabose.» El 5
mundo no es más que un inmenso espacio lleno de calaveras.
Los pelos se ponen de punta...
Procopio.—¿Los pelos de las calaveras? No lo
entiendo. ¿Y tú, Sandalia, haces calceta al amor de la
lumbre? 10
Sandalia.—Ya lo estás viendo.
Procopio (Levantándose y contemplándolas con regocijo).—Bien;
perfectamente bien. Hé aquí un cuadro
de familia en que todo respira felicidad, paz y sosiego.
Pero esto no puede seguir así, y no seguirá. 15
Sandalia.—¿Qué dices, Procopio? ¿Te disgusta
ver á tu familia feliz?
Procopio.—Al contrario, mujer. Quiero decir que
aun cuando éste es un espectáculo hermoso, tierno y
conmovedor, no me satisface por completo. Me preocupa 20
mucho el porvenir de nuestras hijas, quedándose
solteras, y es necesario que piensen seriamente en el
matrimonio.
Casta.—¡Horror! (Haciendo un gesto de disgusto.)
Pura.—¡Ave María! (Santiguándose.) 25
Procopio.—Ya me van cargando vuestros repulgos
y aspavientos siempre que se habla de casaros. ¿Qué
os proponéis de seguir así? Tú, Casta, pasas tu tiempo
ocupada en la literatura, en la música y en echarle alpiste
al canario. Tú, Pura, estás con tus rezos, novenas y 30
místicas ideas de tal modo abstraída, que ya todo
el mundo te llama la monjita. Es, pues, preciso que salgáis
de esta monotonía que os imprime cierta antipática
seriedad. Para desterrarla, nada como el amor, que os
brinda con... en fin, que hay que hacer algo.
Sandalia.—Procopio, no seas majadero. 5
Procopio (Como siguiendo el hilo de su discurso).—Eso
es. El amor llena la imaginación de gratas ilusiones,
nos hace amables, alegres, comunicativos. Dormir y
comer tranquilamente; como hacéis, no es bastante para
la vida, pues no sólo de pan se alimenta el hombre: es 10
preciso además...
Sandalia.—La carne.
Procopio.—Y el vino. ¿Te quieres callar? ¿No
ves que estoy filosofando? Pues como decía: es preciso
además atender á la vida del espíritu. Tú, Casta, tienes 15
ya veintinueve años.
Casta (Protestando rápidamente).—¿Yo? ¡Imposible!
¡Qué atrocidad!
Procopio.—Lo dicho. Y tú, Pura, treinta.
Pura (Con ira).—¡Falta usted á la verdad! 20
Procopio.—¿Eh? ¡Miren la monjita!
Pura (En tono dulce).—Perdone usted. He querido
decir que se equivoca.
Sandalia.—Pero, hombre, ¿á qué viene hablar de
edades? Eso no hace al caso ni está decente. 25
Procopio.—¿También tú? ¡Lo que son las mujeres!
¡Que no hace al caso!... Pues entonces no sé para
cuándo van á dejar el casarse.
Sandalia.—¿Pero tienen la culpa las pobres de que
sus novios hayan dado media vuelta? 30
Procopio.—Puede que sí. Generalmente, cuando
un hombre deja á su novia, es porque ésta no tiene lo
que vulgarmente se llama gancho. ¿Y qué es el gancho?
me diréis. Entre otras cosas, es la afabilidad, el cariño,
la dulzura; cierta estudiada sumisión que consiste en
aparentar ceder siempre, haciendo que él sea quien 5
transija inconscientemente con vuestros menores caprichos.
Hacer pequeñas concesiones; por ejemplo: que
él os estrecha la mano apasionadamente; pues no la
retiréis con indignación: al contrario, abandonadla como
si no os dierais cuenta de ello; que os pisa suavemente el 10
pie, contestad en la misma forma y no le apartéis rápidamente
á no ser que os diera en un callo. ¿Tenéis
vosotras callos?
Casta.—¡Qué pregunta, papá! ¿Quién tiene eso?
Procopio.—Toma; pues cualquiera. Yo, tu 15
madre...
Sandalia.—Pero, Procopio...
Procopio.—Déjame. Estoy poniendo los puntos
sobre las íes.
Sandalia.—Di más bien: los pies sobre los callos. 20
Procopio.—Y últimamente. Si la mujer tuviera un
poco más de sentido práctico, no se quedarían tantas
solteronas por perseguir fantasmas y no aprovechar bien
las ocasiones. La mayor parte de las niñas de buen
palmito y bien parecidas, y esto no hay ninguna que no 25
se lo crea al mirarse al espejo, sueñan á los quince años
con casarse con un título de Castilla: á los veinte, ceden
y se conforman con un banquero; á los veinticinco transigen
por fin con un empleado, abogado, comerciante,
etcétera, etcétera, y á los treinta, todos los hombres les son 30
igualmente simpáticos y agradables; hasta el aguador.
Sandalia.—¿Sabes que estás hoy elocuentísimo?
Procopio.—Es que la verdad se abre paso y hace
listos á los más imbéciles; y no es esto decir que yo lo
sea. (Dirigiéndose á Pura y Casta.) Conque, ¿qué
opináis vosotras? Hablad. 5
Casta.—Francamente; yo encuentro al hombre
sumamente antipático. En su exterior es grosero, ordinario.
(Animándose con ira mal reprimida.) ¡Moralmente
es aleve, traidor, falso, perjuro!... (Transición.)
Hago una excepción en favor de usted porque es mi 10
padre.
Procopio.—Gracias, hija. (Á Pura.) Y tú, ¿qué
dices?
Pura (Levantándose y con misticismo).—Yo, padre
mío, no juzgo al hombre físicamente. Bajo este punto 15
de vista son para mí todos iguales; me son indiferentes.
En cuanto á lo moral, no veo en él más que un fiel trasunto
del demonio, de quien hay que huir en absoluto.
Su palabra es engañadora, diabólica su sonrisa, y su
mirada... ¡ah! su mirada es tan satánica y penetrante 20
que hace asomar á la mejilla el color de la vergüenza.
¡Oh! Yo le aborrezco tanto, que lamento que usted,
padre mío, sea hombre. (Vuelve á sentarse.)
Procopio.—¿Pues qué había de ser siendo padre?
¿Sabéis lo que os digo? Que más que horror lo que 25
sentís es despecho porque no ha habido todavía quien
cargue con vosotras.
Casta.—¡Qué disparate!
Pura.—¡Dios me libre!
Procopio.—¿De modo que pensáis permanecer solteras? 30
Sandalia.—Pero, hombre, déjalas que hagan de su
capa un sayo. Además, lo primero que se necesita para
casarse es novio, y ellas no lo tienen.
Casta.—Por fortuna.
Pura.—Tienes razón. (Á Casta.) 5
Procopio (Á Pura).—No te pareces á tu madre,
que me atrapó siendo viuda y teniéndote á tí.
Sandalia.—Yo tuve siempre mucho gancho, como
tú dices.
Procopio (Á Casta).—Ni tú á la tuya, que en paz 10
descanse; que se casó conmigo en terceras nupcias,
siendo tú el fruto de nuestro tierno amor.
Sandalia.—Ésa tuvo más gancho todavía.
Procopio.—En fin, me aflige y me desatina veros por
ese camino. Parece mentira, que el elemento joven, 15
relativamente, de la casa, goce en el aburrimiento. El
día menos pensado, para alegrar esto, voy á tener que
salir bailando el cancán con vuestra madre.
Pura (Santiguándose).—¡Jesús!
Sandalia.—¡Pero qué cosas dices!... 20
Procopio.—Déjame, Sandalia. Estoy desesperado.
¿Ves? (Haciendo contorsiones con los brazos.) ¡Tengo
los nervios como las cuerdas de un violín!... Ven, y
hazme una taza de tila para calmarlos.
Sandalia.—Vamos allá. Lo que es hoy, parece que 25
tienes el diablo en el cuerpo. (Vanse Sandalia y Procopio
por la segunda puerta lateral.
)