ESCENA II
pura, casta y á poco claudio
Casta.—¡Qué empeño en que seamos víctimas
de esos malvados! ¡Pues bonitos son los hombres!
Pura.—¡Qué han de ser bonitos! ¡Horribles!
Casta.—Mis convicciones son tan arraigadas, que
no cedo. 5
Pura.—Ni yo.
Claudio (Presentándose en la puerta del foro).—Muy
buenos días...
Casta.—¿Eh? ¿Quién es?
Claudio.—¿El señor don Procopio Canchalagua? 10
(Avanzando.)
Casta.—¿Busca usted á nuestro padre?
Claudio.—Sí, señora.
Casta (Muy marcado).—Señorita.
Pura (Lo mismo).—Señoritas. Las dos somos señoritas.15
(Desde que apareció Claudio, Casta y Pura le
examinan con atención.)
Claudio.—Perdonen ustedes, no había reparado...
Pues bien, señoritas, yo deseo hablar con su papá; pero
si incomodo... 20
Casta.—Nada de eso. Tome usted asiento, que
vamos á avisarle. ¿Su gracia de usted?
Claudio.—Ninguna.
Casta.—¿No tiene usted nombre?
Claudio.—Ah, sí; Claudio Pasalodos. 25
Casta.—Está bien. (Fijándose en él.) (Es muy
simpático...)
Pura (Lo mismo).—(Tiene unos ojos interesantes...)
(Vanse las dos por la segunda puerta lateral.)
ESCENA III
claudio y á poco procopio
Claudio.—Pero, ¿por qué me mirarán de ese modo
estas señoritas? No son feas. Y se han incomodado
porque las he llamado señoras... Yo quisiera saber 5
cómo va uno á conocer á la simple vista el estado de las
mujeres. (Examinando la habitación.) ¡Cuánto lujo!
No hay una casa así en el pueblo. Se conoce que don
Procopio tiene guita.
Procopio (Apareciendo).—Señor mío... Me han 10
dicho que me buscaba usted, y por cierto que su apellido
no me es desconocido.
Claudio.—Ya lo creo que no. Yo soy hijo de su
amigo don Policarpo Pasalodos.
Procopio.—Cuánto celebro... Pero siéntese usted. 15
(Se sientan.) ¿Y está bueno el papá?
Claudio.—Baldado: y con unos dolores, que le
hacen poner el grito en el cielo; pero por lo demás, está
completamente bien.
Procopio.—Lo siento mucho. 20
Claudio.—¿Que esté bien?
Procopio.—No; que esté baldado.
Claudio.—Pues como él no podía venir conmigo
á Madrid, me dijo:—toma esta carta (Saca una carta que
entrega á Procopio, y éste la lee.) para mi amigo Canchalagua, 25
que tiene muy buenas aldabas, y él te acompañará
como un perro á todas partes.
Procopio.—(¡Qué animal!) ¿Por lo que dice en la
carta viene usted á gestionar un asunto?...
Claudio.—Sí, señor. Como mi padre es ahora
alcalde, quiere que me nombren secretario del Ayuntamiento
de Matalauva, nuestro pueblo. 5
Procopio.—¡Ya; vamos! Sin duda para estar de
acuerdo y moralizar más fácilmente la administración.
Claudio.—¡Cá; no es eso!
Procopio.—¿Qué no?
Claudio.—No señor. El otro día me llamó y me 10
dijo:—Mira, Claudio; es menester que te calces la
Secretaría; porque siendo yo alcalde y tú secretario,
haremos la mar de chanchullos y comeremos á dos
carrillos.
Procopio.—¡Ya! Veo que á Policarpo los dolores 15
no le han quitado el apetito. (¡Qué salvaje ingenuidad!)
Claudio.—Y para eso vengo á ver al diputado del
distrito...
Procopio.—Pues nada; yo le acompañaré á usted al
Congreso y á cuantas partes sea necesario. ¿Usted no 20
ha estado nunca en Madrid?
Claudio.—Sí, señor, pero hace muchos años. Á
propósito; ¿sabe usted que sus hijas son muy guapas?
Procopio.—¡Que si lo sé!... (¡Le han parecido
guapas! ¡Bravo!) Calle usted, llaman la atención de 25
todo el mundo; tanto, que me violenta ir con ellas por la
calle, pues cuantos hombres vienen en dirección opuesta
á nosotros se quedan parados como estatuas y con el
cuello tieso viéndolas alejarse llenos de admiración.
Han producido muchas tortícolis. 30
Claudio.—¡Digo, digo!...
Procopio.—Son dos ángeles, amigo mío, dos verdaderos
ángeles. Casta, es la belleza romana. Pura, la
belleza griega. Y ambas por sus cualidades morales,
dignas de figurar entre las vestales más famosas.
Claudio.—¿Las qué? (Como no entendiendo lo que 5
oye.)
Procopio.—Yo las amo con delirio. Y el día que
cualquiera de ellas me diga;—Papá, me caso—será
un golpe terrible para mí. (¡Así fuese mañana!) Pero,
en fin, si se trata de un hombre honrado que las haga 10
dichosas...
Claudio.—¿Uno para las dos?
Procopio.—¡Picarillo! (Dándole un golpecito en la
mejilla.) Ellas por su parte labrarían la felicidad de
cualquiera, pues además de sus prendas físicas, reunen 15
otras cualidades de orden económico. Cuentan con una
buena dote, que unida á lo que tengan sus maridos, les
proporcionará vivir con cierto desahogo.
Claudio.—Eso está bien. (Levantándose.) Conque,
don Procopio, yo me voy. 20
Procopio (Lo mismo).—¿Tan pronto?
Claudio.—Mañana volveré por aquí...
Procopio (Reflexionando).—(¡Le han parecido guapas!...)
¿Dónde para usted?
Claudio.—Como mi padre no quiere que repare en 25
gastos, me he alojado en la mejor fonda de Madrid; y
ahí me tiene usted en la Posada del Peine.
Procopio.—(¡Oh, qué idea!) Pues yo no puedo
consentir...
Claudio.—¿Por qué? 30
Procopio.—Nada; que no puedo consentir que el
hijo de mi buen amigo Policarpo vaya á parar á una
fonda. ¡No faltaba más! Se instalará usted en mi casa
por todo el tiempo que necesite estar en Madrid. Supongo
que aceptará usted. Luego mandaremos por el
equipaje, y... 5
Claudio.—Bueno. Eso me ahorro.
Procopio (Indicándole la primera puerta lateral).—Mire
usted. Esta alcoba es independiente. La tenemos
destinada precisamente á estos casos. Ahí encontrará
usted cuanto necesite. Ea; voy á participar á la 10
familia esta combinación. ¡Sandalia; niñas!... (Acercándose á
la segunda puerta lateral.)
ESCENA IV
dichos, sandalia, pura y casta
Sandalia (Que aparece seguida de Pura y Casta).—¿Qué
quieres?
Procopio (Á las tres).—Tengo el gusto de presentaros15
al hijo de mi querido amigo Policarpo Pasalodos.
Sandalia.—Muy bien venido...
Procopio.—Le trae un negocio á Madrid, y le he
rogado que se aloje desde este momento en nuestra casa.
El me ha hecho la merced de aceptar, y... 20
Sandalia.—Así debe ser. ¡No faltaba más!...
Procopio.—Pero, sentémonos. (Aparte á Sandalia.)
Le han parecido guapas. ¡Hay que pescar este
congrio!
Casta.—(¡Se queda en casa!...) (Se sientan; Casta 25
al lado de Claudio. Sandalia al de Procopio, Pura junto
á la chimenea.)
Claudio.—(¡Es que son guapas!...) (Mirando á
Casta y Pura.)
Procopio (Señalándolas).—Aquí las tiene usted.
Casta es hija mía. Pura, de mi mujer. Nos casamos
siendo viudos, y no hemos tenido sucesión. Nos habíamos 5
reproducido ya anticipadamente y por separado.
(Pausa. Pura, Sandalia y Procopio miran á Claudio,
Pura revelando cierto despecho; Casta mira con cierto coquetismo
á Claudio. A parte á Sandalia.) Mira qué ojos
le echa á Casta. ¡Se conoce que es la que le ha flechado! 10
Sandalia (Por Pura. Á Procopio).—¡Si esta otra
es una boba!
Casta (Á Claudio, con coquetería).—¿Y á usted le
gusta la poesía?
Claudio.—No, señorita; me cargan los versos. Me 15
armo un lío con el sol, la luna, las estrellas y los luceros.
No me caben tantas cosas en la cabeza. La música, sí;
tanto, que en el pueblo me paso todo el día dale que le
das al acordeón.
Procopio (Por Casta).—Pues ahí tiene usted una 20
gran profesora. Toca el piano durmiendo.
Claudio.—¿Es sonámbula?
Procopio.—Quiero decir... (¡Qué materialista es
este hombre!)
Sandalia (Dándole á Procopio con el codo).—¡Calla! 25
Casta (Por Claudio).—(No es un Apolo; pero vestido
á la moda...)
Pura.—(¡Miren la de las convicciones arraigadas!
¡Cuánta gazmoñería! ¡Que le causan horror los hombres!...
¡Hipócrita!) (Claudio bosteza.) 30
Sandalia (Aparte á Procopio).—Suspira...
Procopio (Lo mismo á Sandalia).—Sí; un rebuz...
digo, un suspiro de amor.
Casta (Á Claudio).—¿Suspira usted?
Claudio.—No, señorita. Es que bostezo de debilidad,
porque como no he almorzado todavía... 5
Sandalia (Levantándose).—¡Qué oigo! ¿Sin almorzar...
y se está usted tan callado? (Todos se levantan.)
Claudio.—¡Claro! ¿Quién tiene ganas de hablar
con el estómago vacío?
Procopio.—Pero, ¿por qué no lo ha dicho? Á ver, 10
niñas, corriendo,
decid á la criada que le saque algo...
de comer. (Á Claudio.) Como nosotros ya hemos
almorzado... Pase, pase usted al comedor con mis
hijas. En seguida soy con ustedes...
Claudio.—Pasen ustedes. (Se entra antes que ellas.)15
Gracias.
Procopio.—(Deteniendo á Sandalia, que va á salir
tras de ellos.) Ven acá tú. (Vanse por la segunda puerta
lateral Pura, Casta y Claudio.)