ESCENA V

sandalia y procopio

Procopio.—Ya comprenderás mi idea al hospedar 20
en casa á este joven.
Sandalia.—Desde luego.
Procopio.—En cuanto ví revolotear el pájaro, le he
preparado la trampa.
Sandalia.—¿Sabes que me parece algo estúpido? 25
Procopio.—Pues que no te lo parezca; tenlo por
seguro. Mejor. Éstos caen en seguida. Ah, pero por
nuestra parte, nada de preferencias en favor de una ó
de otra. No vayas á creer que porque Casta es hija mía,
arrimo el ascua á mi sardina.
Sandalia.—Pues hasta ahora ella es la que...
Procopio.—¡Quién sabe si le gusta también Pura! 5
Sandalia.—Pero con las dos no va á casarse.
Procopio.—¡Ojalá! ¡Qué lástima que la ley no lo
permita! Es preciso que las aconsejes, que se dejen de
sueños y que procedan con él con mucho tacto.
Sandalia.—¿Y él, qué es? 10
Procopio.—Un imbécil. Ya lo hemos dicho.
Sandalia.—Me refiero á su profesión.
Procopio.—¿Su profesión? ¡Oh! Su profesión es
la de futuro Secretario del Ayuntamiento de Matalauva,
y si se casa con una de nuestras hijas, lo será también de 15
Matalavieja.
Sandalia.—¡Qué exagerado eres! ¡Pues mira que
tener que irse á vivir á un pueblo!...
Procopio.—¿Qué importa? La vida del pueblo es
sana y amena. Allí entre sus gallinitas, sus cerdos y su 20
marido, lo pasará muy bien. ¡Digo! ¡Y á ellas que les
gustan tanto los animales!...
Sandalia.—¿Pero tú tienes antecedentes de su familia?
Procopio.—¡Ya lo creo! Conozco al padre. ¡Buena
persona! Es un antiguo acaparador de cereales, que 25
hizo dinero. En cuanto venía un cargamento de cebada,
ya lo estaba comprando por grande que fuera. Nunca
había bastante cebada para él.
Sandalia.—¡Qué estómago!
Procopio.—Conque ve adentro, Sandalia, y haz tus 30
ensayos de suegra tierna y bondadosa.
Sandalia.—¡Qué papeles tiene una que hacer por
las hijas!
Procopio.—¡Ya, ya! El día que salga de ellas, ¡qué
peso se me va á quitar de encima!
Sandalia.—¡Hombre, ni que las llevaras á cuestas! 5
Procopio.—¡Anda, mujer, anda; que sabe Dios
cuándo nos veremos en otra! (Vase Sandalia por la
segunda puerta lateral.
)

ESCENA VI

procopio, solo

Procopio (Frotándose las manos de contento).—Esto
es hecho. La verdad es que ser Secretario del Ayuntamiento 10
de un pueblecillo, no es una posición muy brillante.
Sin embargo, él es rico por su casa, y... peor
sería que fuese el barbero, el veterinario ó el herrador.
Esto último sí que sería peor que todo; porque eso de
que un padre entregue su hija al herrador... En cualquiera 15
de estos casos no sé lo que habría hecho; pero
casi estoy por asegurar que hubiera transigido. En fin,
voy á ver á mi futuro yerno... (Se dirige á la segunda
puerta lateral en el momento en que sale Claudio comiéndose
un bizcocho, y tropieza con Procopio.
) 20

ESCENA VII

procopio y claudio

Procopio (Al tropezar).—¡Canastos!
Claudio.—Usted perdone...
Procopio.—¡Calle! ¿Ha almorzado usted ya? ¿Tan
pronto?
Claudio.—Yo acostumbro á comer en un pe...
pe... (Atragantándose con el bizcocho.)
Procopio.—(Sí; en un pesebre.)
Claudio.—En un periquete. Á poco me ahogo. ¿Sabe
usted que tiene usted un vinillo que se cuela sin sentir? 5
Procopio.—¿Le ha gustado?
Claudio.—Mucho. ¡Vamos, que estoy animadete!...
¡Jé!... ¡jé!...
Procopio.—¡Magnífico! Cuando se bebe con cierta
medida es muy bueno. El vino tomado así, tiene la 10
virtud de inspirar á los necios y hacer atrevidos á los
apocados. ¡Es una gran cosa!
Claudio.—Sí que lo es. Tanto que he requebrado
á sus hijas y hasta á su señora.
Procopio.—¿Á mi mujer también? Hola, hola... 15
(¡Pues es más valiente de lo que yo pensaba!...)
Claudio.—Son muy amables. Ya todos somos una
familia.
Procopio.—Eso: eso me agrada. (La cosa marcha.)
Mucha confianza, ¿eh? Nada de cumplidos. ¿Conque, 20
qué piensa usted hacer ahora? ¿Quiere usted que
salgamos?
Claudio.—No; ahora voy á escribir á mi padre.
Procopio.—Es muy justo. Pues aquí tiene usted
todo cuanto necesita. (Indicándole la mesa. Claudio se 25
sienta ante ella dispuesto á escribir.
)
Claudio.—Bueno, bueno...
Procopio.—Entonces yo le dejo, para que
tranquilamente...
Claudio.—No se vaya usted. Á mí no me estorba 30
usted... Está usted en su casa...
Procopio.—Ya, ya lo sé; pero voy un instante allá
dentro... Vuelvo, vuelvo...
Claudio.—Como usted quiera. (Vase Procopio por
la segunda puerta lateral.
)

ESCENA VIII