claudio, pura y después procopio
Claudio.—¡Qué buena gente es ésta! Yo estoy muy 5
contento de quedarme con ellos. (Escribiendo.) «Querido
padre: He llegado bien, por fortuna, pues en el
camino tuve una cuestión con un torero, que quiso matarme
cuando pasé por Toro. Fué horrible...» (Entra
Pura y mira por la habitación como buscando algo.) 10
(¿Eh? ¿quién anda ahí? Ah; es la mosquita muerta.
¡Y es muy mona! Se parece á la Santa Casilda, que hay
en la iglesia de mi pueblo.)
Pura.—(No le veo.)
Claudio.—¿Qué busca usted? 15
Pura (Con fingida sorpresa).—¡Ah! ¿Estaba usted
ahí? Buscaba mi devocionario.
Claudio.—Vea usted si en la mesa...
Pura (Acercándose á ella y mirando).—No, no está.
¿Escribe usted?... 20
Claudio.—Sí, una carta.
Pura.—¿Á su novia, sin duda?
Claudio.—No. Á mi padre. Vea usted.
(Dándosela.)
Pura (Mirándola).—¡Ay, qué buena letra! 25
Claudio.—La letra no es maleja; pero la ortografía...
Pura.—Sí; ya veo que pone usted horrible sin
hache.
Claudio.—¿Horrible se escribe con hache? Pues
no lo corrijo. Mejor. Así le parecerá más horrible todavía. 5
Pura.—Pues... ya le dejo.
Claudio.—No se vaya usted, señorita.
Pura.—No me llame usted señorita. Llámeme
Pura.
Claudio.—Pues bien, Pura, no se vaya usted. 10
Pura.—Temo molestarle...
Claudio.—¿Á mí? Al contrario. Tengo tanto
gusto en verla...
Pura.—Es usted muy galante. No ha entrado usted
en Madrid y ya se vuelve cortesano. 15
Claudio.—Confieso que desde que estoy con ustedes
me siento otro. No sé si será el vinillo... ¡Caramba!
¿No tiene usted frío?
Pura.—No.
Claudio.—Pues yo sí. 20
Pura.—Pobre Claudio... ¡Tiene frío!... Echaré
más leña en la chimenea. (Lo hace.) ¡Ajajá! Ya está.
Verá usted como ahora se le pasa.
Claudio.—Es usted muy buena.
Pura (Encontrando el devocionario sobre la chimenea y 25
tomándolo).—¡Ah! aquí está mi libro. Puesto que no
quiere usted que me vaya, mientras usted escribe, yo
leeré. (Se sienta en la butaca frente al público, y se pone
á leer. Pausa breve.)
Claudio.—Bueno. 30
Pura.—¿Se le pasa?
Claudio.—No.
Pura.—¡Claro! Está usted tan lejos de la lumbre...
Claudio (Levantándose y yendo hacia la chimenea).—Tiene
usted razón. Soy lo más topo... (Mirando el
fuego.) ¡Anda, como arde! (Se sienta junto á Pura.) 5
Esto ya es otra cosa. ¿Qué lee usted?
Pura.—Los medios de que se vale el diablo para
perdernos.
Claudio.—Deben ser muchos. ¿En cuál está usted
ahora? 10
Pura.—En «La Tentación.»
Claudio.—Vaya, no lea usted más. (Quitándola el
libro y echándolo en la butaca de al lado.)
Pura.—¿Y qué vamos á hacer?
Claudio.—Toma; pues... hablar: mirarnos... 15
Pura.—En cuanto á lo primero, mi conversación,
¿qué puede interesarle? Y respecto á lo segundo, ¿qué
encanto le puede ofrecer contemplar á una pobre mujer
sin atractivos?
Claudio.—No diga usted eso, Purita. Pues si tiene 20
usted unos ojos...
Pura.—¿No siente usted ya frío?
Claudio.—Ya, no. (Fijándose en el pie de Pura.)
Y un pie... ¡Ay, qué pie!... (Contemplándolo.)
Pura (Enseñando el pie con coquetería).—¿Qué tiene 25
mi pie de particular? Como todos.
Claudio.—Sí; como todos los pies bonitos. Y su
mano... (Cogiéndola.) Vaya una mano linda. (Acariciándola.)
¡Y qué cutis más fino!...
Pura.—Me va usted á hacer creer que soy un conjunto 30
de perfecciones. Vamos, estése usted quieto.
Claudio.—¿La incomodo á usted?
Pura.—No; pero... (Levantándose rápidamente y
pasándose la mano por la frente.) ¡Uf! qué calor despide
la chimenea. (Vase junto á la mesa, donde se queda en
pie jugando con los libros. Claudio, sin moverse de su 5
sitio, se pasa también la mano por la frente.)
Claudio.—Es verdad. Ha echado usted tanta leña
al fuego... (Breve pausa. Se oye tocar el piano.)
¡Hola! música;... ¿Quién toca el piano?
Pura (Con desdén).—Ésa. Mi... mi hermana. 10
Claudio.—Toca bien.
Pura.—¡Bah! Lo de siempre. No sale de ahí. Se
conoce que quiere desplegar ante usted todas sus
habilidades.
Claudio (Levantándose).—¿Cree usted eso? 15
Pura.—Pero no le molestará á usted mucho. ¡Tiene
tan pocas! (Como arrepintiéndose de lo que dice.) ¡Ah!
pero usted dispense: ahora caigo en que está usted enamorado
de ella, y...
Claudio.—¿Yo? No hay tal cosa. 20
Pura.—Pero le gusta á usted.
Claudio.—Eso sí: es bastante guapa.
Pura.—¿Que es guapa? No sé donde tiene usted
los ojos. ¿Qué ha visto usted en ella de notable? Sus
facciones son incorrectas; su figura es vulgar... 25
Claudio.—Sin embargo...
Pura.—Vaya, veo que tiene usted muy mal gusto.
(Hace un gracioso mohín y se sienta en la butaca. Cesa
el piano. Claudio se aproxima á ella.)
Claudio.—No lo tendré tan malo, puesto que usted 30
me gusta más que ella.
Pura.—¡Adulador!... (Muy cariñosa.)
Claudio.—Á su lado no sentiría lo que siento al de
usted. No me dominaría esta fuerza irresistible que me
hace cogerla á usted la mano, besársela...
Procopio (Saliendo de pronto y viendo que Claudio está 5
besándola la mano).—(¡Zambomba! ¡Esto va de veras!)
(Desaparece rápidamente por donde ha salido.)
ESCENA IX
pura, claudio y á poco casta
Pura (Levantándose).—Pero, ¿qué hace usted?
Claudio.—Pues ya lo ve. Probarle que la prefiero
á su hermana. 10
Pura.—¿De veras?... ¡Ay, Claudio! No me engañe
usted, y considere que sería una infamia que no
fuese verdad que había llegado el momento para mí de
dejar de ser...
Claudio (Viendo aparecer á Casta).—Su hermana 15
de usted...
Casta (Saliendo y reparando, contrariada, en Pura).—¡Calle!
¿Estabas aquí?
Pura.—Ya lo ves.
Casta.—Si estorbo, me voy. (Haciendo un movimiento 20
para ello. Claudio la detiene.)
Claudio.—No. Quien se va soy yo. Con el viaje
y las emociones que he tenido, necesito descansar. Voy
á echarme un rato. (Se dirige á la primera puerta lateral.
Á Casta y Pura.) Adiós... Aquí estoy. (Entra.) 25
ESCENA X
pura y casta
Casta.—Sentiría haber venido á interrumpir...
Pura.—Pues con no haber venido...
Casta.—Vamos, se conoce por tu contrariedad que
el diálogo era interesante.
Pura.—Interesantísimo. 5
Casta.—Un idilio de amor, sin duda.
Pura.—Eso es: y tan poético que hasta le han amenizado
con serenata.
Casta.—¿Serenata? Cencerrada querrás decir.
(Burlona.) 10
Pura.—Es verdad. No recordaba que quien tocaba
eras tú.
Casta.—¡Pero qué descarada! ¿Dónde está aquel
fervor religioso?
Pura.—Donde tu entusiasmo por las novelas 15
caballerescas.
Casta.—¿Das al olvido ya á los santos?
Pura.—Como tú les haces traición á tus trovadores.
(Riendo.)
Casta.—Miren la monjita, con ese aire modesto y 20
pudoroso.
Pura.—Pues y la literata, con esa majestad de reina
de comedia...
Casta.—Eres una hipócrita.
Pura.—Como tú: ni más ni menos. 25
Casta.—No te has dado poca prisa...
Pura.—Por si acaso.
Casta.—¿Temías que te lo robase?
Pura.—No sería tu primer hazaña.
Casta.—¿Qué, yo?
Pura.—Acuérdate de cuando me hacía el amor
Ricardito. Empezaste á hacerle tanta monada é insinuaciones, 5
que el pobre, ya aburrido, nos dejó plantadas
á las dos. Si eres el perro del hortelano...
Casta.—¡Pero qué embustera!
Pura.—Mira, no finjamos. Eso es bueno delante
de los hombres; pero entre nosotras no sirven esas pamemas. 10
Conocemos el personal.
Casta.—Me das lástima.
Pura.—Lo que te doy es envidia; pero, hija, llegas
tarde.
Casta.—Eso lo veremos. 15
Pura.—Claro que sí.
Casta.—Y no es porque me guste ese... tipo; sino
porque lo hago cuestión de amor propio.
Pura.—¡De amor propio! Es natural. Como que estás
rabiando por casarte. Pero por esta vez, perdone, hermana. 20
Casta.—¡Hermana! Yo no soy hermana tuya.
Pura.—Dices bien: perdona... prima. (Ríe.)
Casta.—¡Eres una insolente!... (Airadas se acercan
la una á la otra.)
Pura.—Á mí no me alces el gallo. 25
Casta.—¡Qué! ¿Me amenazas?...
Pura.—¡Más aún!... (Se cogen de las muñecas la
una á la otra y forcejean un instante. Aparecen Sandalia
y Procopio.)
Casta.—¡Adefesio! 30
Pura.—¡Espantajo!
ESCENA XI
dichas, sandalia y procopio