Sandalia (Corriendo á separarlas).—¡Jesús! Pero,
hijas, ¿qué es esto?
Procopio (Frotándose gozoso las manos).—Gracias á
Dios que se puede ya vivir á gusto en esta casa.
Pura (Abrazándola).—¡Mamá! 5
Casta (Lo mismo á Procopio).—¡Papá!
Sandalia.—¡Quién dijera que vosotras!...
Casta.—Es que Pura...
Pura.—Es que Casta...
Procopio.—Ni una palabra más. Ya me figuro lo 10
que ha pasado. Ese bribón de Claudio se ha permitido
hacer el amor á las dos, y vosotras os lo queréis ceder
como buenas hermanas.
Casta.—¡Cá! no es eso.
Pura.—No, señor. 15
Procopio.—Pues en ese caso no hay más remedio
que él elija; y á quien Dios se lo dé... Dejadme á mí,
que yo me pinto solo para estas cosas. ¿Dónde está él?
Pura.—En su cuarto.
Procopio.—Corriente. (Se acerca á la primera 20
puerta lateral, que abre.) ¡Caballerito! Tenga usted la
bondad de salir. ¡Ejem! Ahora veremos. (Casta y
Pura se colocan cada una al lado de una butaca durante la
escena siguiente.)
ESCENA ÚLTIMA
pura, casta, sandalia, procopio y claudio
Claudio (Saliendo).—¿Qué quiere usted?
Procopio.—¿Es así como corresponde usted á la
franca y cariñosa hospitalidad que le he dado?
Claudio.—¿Cómo?
Procopio.—¿Y usted me lo pregunta?... ¿Conque 5
ha tenido usted la avilantez de hacer el amor al propio
tiempo á mis inocentes y candorosas hijas?
Claudio.—¿Yo?
Procopio.—Sí, señor. Y esto, como comprenderá,
no puede quedar así. 10
Claudio.—Pero esto es una encerrona...
Procopio.—¡Silencio! Y aún se atreve... Concluyamos.
Elija usted la que más le guste de las dos.
Claudio.—¿Que elija? 15
Procopio.—¡Claro!
Claudio.—¿Y para qué?
Procopio.—¡Me gusta! ¡Para casarse!
Claudio.—¿Pero quién piensa en eso?
Procopio.—¿Cómo que quién piensa en eso? Ellas, 20
yo, su madre... que hace quince años que no pensamos
en otra cosa.
Claudio.—Pero si yo no puedo casarme.
Procopio.—¿Que no? ¿Por qué?
Claudio.—Toma, porque... Pues porque soy casado. 25
(Al oirle, Pura y Casta caen desvanecidas cada
cual en una butaca.)
Pura.—¡Ah!...
Casta.—¡Villano!...
Sandalia (Á Claudio).—¡Monstruo! ¡Las ha dado
usted la puntilla!
Claudio.—¿Yo? 5
Sandalia (Auxiliándolas).—¡Hijas mías!...
Procopio (Como vacilando para caer).—¡Casado!...
(Con indignación.) ¿Y no le da á usted
vergüenza?...
Claudio.—¿De ser casado? No, señor. 10
Procopio.—Pero, hombre de Dios, eso se dice...
Claudio.—Pues bien claro lo estoy diciendo...
Pero si sus hijas quieren casarse, yo tengo un
medio...
Procopio.—¿Eh? 15
Sandalia.—Niñas, este joven tiene un medio...
(Pura y Casta vuelven en sí, se levantan y se acercan.)
Claudio.—Sí; yo tengo un medio para que se casen
en seguida.
Procopio (Anhelante).—¿Y cuál es? 20
Claudio.—Que se vengan á mi pueblo. En él escasean
las mujeres, y las pocas que hay son feas. Si
ellas van, estoy seguro que antes de quince días, es cosa
echa. Con decirle á usted que allí tienen gran partido
las tuertas, las cojas y hasta las jorobadas... En fin, 25
que todo se aprovecha. (Sandalia se acerca á Claudio,
con quien habla aparte animadamente.)
Procopio (Á Pura y Casta).—Ya lo oís. Este año
á veranear á Matalauva... (Al público.) Y á ver si
quiere Dios que se queden por allí en alguna parte. Si 30
no, ¡qué remedio! Paciencia y barajar.
Y en tanto que la ocasión
de casarlas se presente,
mi deseo es solamente
escuchar tu aprobación.