PUESTO EN ACCIÓN
por
MARIANO BARRANCO

REPARTO
Personajes
Doña PaulaPepa
CarmenJuan
LuisaFelipe
La acción en Madrid.—Época actual

ACTO ÚNICO

Comedor de una casa modesta. Aparador en el fondo; mesa en el centro, debajo de la cual se ve un felpudo. Á la izquierda un brasero con lumbre; sillas, etc. Es de noche.

ESCENA PRIMERA

doña paula, carmen y juan. Doña Paula y Carmen sentadas junto al brasero, leyendo cada una un periódico. Juan, sentado junto á la mesa del centro, escribe.

Paula.—¡Oh! ¡Qué bien habla este hombre! Oye...
oye...
Juan.—(¡No me dejarán acabar hoy!)
Paula (Leyendo).—«Yo acato y respeto á la autoridad
del presidente, pero repito por centésima vez que la 5
administración pública está perdida en España, perdida,
señores diputados...»
Carmen.—Y tiene mucha razón.
Juan.—(¡Por vida de la política!)
Paula (Leyendo).—«¿Y á qué se debe esto? Á que 10
los destinos públicos no han sido desempeñados nunca
por hombres de verdadero mérito, de reconocida probidad
y honradez, sino por ineptos, por paniaguados de
los señores ministros, de los caciques de los partidos, ó
de los asquerosos mercaderes de la política.»—«Murmullos 15
en la mayoría.»
Carmen.—¿Qué mayoría? Á todos comprenden
esos calificativos.
Juan.—(Perdonadlas, Señor, no saben lo que dicen.)
Paula.—Oye, oye. (Lee.) «Arrojemos á esos mercaderes
del templo de la Nación, como fueron arrojados 5
aquellos otros del templo de Dios, y nos encontraremos
limpios de polilla.»
Carmen.—¡Bravo!
Paula.—«Es tan grande en este momento el ruido
que se produce en la Cámara, que nos impide seguir 10
oyendo al joven orador.»
Carmen.—¡Ah! ¿Es joven?...
Paula.—Y por lo visto, un joven de provecho.
Carmen.—Si yo fuera gobierno le daba una cartera
á ese diputado. 15
Paula.—Y yo otra.
Juan.—¡Ea! Y si yo fuera ustedes me ocuparía en
zurcir los calcetines; ó me iría á leer á otra habitación...
porque así es imposible trabajar.
Paula.—¡Qué grosero es tu marido! 20
Juan.—¡Señora!
Carmen.—Si no trabajaras en domingo, como no
tienes obligación, no te sucedería eso.
Juan.—¡Claro! Si no trabajara no había caso.
Paula.—No he visto hombre más trabajador que tu 25
marido, y á quien menos le luzca el trabajo.
Juan.—¡Qué remedio!...
Carmen.—Tiene razón mamá. Métete en política,
conspira, ó dedícate á negocios y sube como suben otros.
Juan.—Ya vivimos en piso cuarto; me parece que 30
he subido bastante.
Paula.—¡Quita de ahí! ¡Tú no serás nunca nada
ni servirás para el caso!
Juan.—Conforme para lo que sea.
Carmen.—¿Qué ha de ser éste? Escribiente en el
ministerio de Hacienda con cinco mil reales de sueldo, 5
como hace catorce años.
Juan.—Esa antigüedad demuestra que soy un hombre
honrado y probo.
Paula.—Eso lo que demuestra, es que eres un tonto.
Juan.—Gracias. 10
Carmen.—Un bobo que no ha sabido aprovecharse
de las circunstancias.
Juan.—Bueno; sea lo que ustedes quieran, pero
déjenme al menos trabajar un rato.
Paula.—¡Trabajar!... ¿Y qué es lo que trabajas, 15
vamos á ver?
Carmen.—Eso; ¿qué es lo que trabajas?
Juan.—Estoy poniendo en limpio una minuta del jefe.
Paula.—¡Poniendo en limpio! Para eso sirves tú,
para ser el mozo de la oficina, para limpiar lo que otros 20
ensucian.
Juan.—¡Señora!
Carmen.—Para llevar el peso de todo, mientras que
los que cobran grandes sueldos se pasean ó conspiran
en provecho propio. 25
Juan.—Señora: poner en limpio una minuta es copiar
en letra clara y correcta una nota del jefe.
Paula.—¡Claro! Como que la mayor parte de los
jefes no saben escribir.
Carmen.—Lo que dice ese diputado: son paniaguados 30
de los
ministros.
Juan.—En fin: ¿me hacen ustedes el favor de dejarme
concluir?
Carmen.—¡Ay! Si yo hubiera sabido para lo poco
que tú servías, no me caso contigo.
Juan.—(¡Ay! ¿Por qué no lo supo?) 5
Paula.—Ni yo consiento en semejante unión.
Juan.—Ni yo hubiera tenido una suegra tan...
amable como usted.
Paula.—Parece que lo dices con retintín.
Juan.—Lo digo como lo siento, señora. 10
Carmen.—No haga usted caso.
Paula.—¿Cómo que no haga caso?
Juan.—(¡Adiós! ¡El diluvio!)
Paula.—Ha de saber tu marido que debe considerarse
muy honrado con haber entrado en una familia 15
como la nuestra. Somos nobles por los cuatro costados.
Juan.—(¡Y sin una peseta!)
Paula.—¿Lo duda usted?
Juan.—No, señora.
Paula.—Y si hoy, por circunstancias de la vida, no 20
nos vemos muy desahogados, nos han envuelto en ricos
pañales, y mi familia ha levantado siempre su cabeza,
aun en presencia de los magnates.
Juan.—No lo dudo, señora, pero...
Paula.—Déjeme usted en paz, mamarracho. 25
Juan.—Gracias.
Carmen.—Tiene razón mamá, tú debes considerarte
honradísimo con haberte casado conmigo.
Juan.—¿Quién lo duda, mujer, quién lo duda?
Paula.—¡Como si mi hija no hubiese tenido más pretendientes30
que usted!
Juan.—Vaya, con permiso de ustedes me voy á
escribir á otra habitación. (Recoge los papeles.)
Paula.—Vaya usted enhoramala.
Juan.—Gracias, señora, gracias. (¡Por vida de mi
debilidad de carácter!) (Vase.) 5

ESCENA II