doña paula y carmen

Paula.—Tú tienes la culpa. Si le hubieras dicho á
tu marido que con cinco mil reales de sueldo, y lo poc
que le dejó su tío el extremeño, no era posible establecer
una familia como la nuestra, no sucedería esto.
Carmen.—¡Es verdad; pero de habérselo advertido 10
antes, no se hubiera casado conmigo!
Paula.—¿Y qué? No te hubieran faltado proporciones
mejores.
Carmen.—¡Llevábamos ya tantos desengaños!
Paula.—Pues mételo en algo; haz que sea algo... 15
hazlo... cualquier cosa, mujer, hazlo, cualquier cosa.
Carmen.—¡Si tiene un carácter tan débil que no
sirve para nada!
Paula.—¡Ay! Si yo llevara pantalones y tu marido
enaguas... 20
Carmen.—Ó yo.

ESCENA III

dichas y luisa

Luisa.—Pues señor, he estado una hora en el balcón
y ése no parece, ni viene por lo visto.
Paula.—¡Otro que bien baila!
Luisa.—Y me he quedado helada. (Se sienta al
brasero.
)
Paula.—Ya verás cuando venga como le hablo yo
claro. Hace tres meses que estáis en relaciones, y herrar
ó quitar el banco. Tú ya no estás para perder el tiempo. 5
Que se case con mil diablos.
Luisa.—No, mamá, con mil diablos no; basta que
se case conmigo.
Paula.—Bueno; pero que se decida de una vez.
Carmen.—Si es que ésta no sabe. Yo no tuve relaciones 10
con Juan más que el tiempo preciso para arreglarlo
todo.
Paula.—Y aun eso es mucho.
Luisa.—Sí; pero no vayan ustedes por querer darle
prisa á hacer que se escame. 15
Paula.—¿Cómo que se escame? ¿Y qué más
puede desear él? ¿Qué es el tal Felipe? Un músico,
un pianista sin lecciones, que porque obtuvo un premio
en el Conservatorio ya se cree más músico que
Metternich. 20
Luisa.—No, mamá, si Metternich no fué músico.
Paula.—Bueno; pues Metternach, es igual.
Carmen.—Tiene razón mamá; la solfa da poca
grasa á los garbanzos.
Paula.—Más cuenta te hubiese tenido hacerle caso 25
al teniente de casa de las de González.
Luisa.—¡Toma! Ya le hice todo el caso posible,
pero cuando se enteró que no teníamos un real, se llamó
andana y me dejó plantada.
Paula.—¿Y quién le dijo á él que no teníamos un 30
real?
Luisa.—Las de González, sin duda.
Carmen.—¡Envidiosas! Como ellas no han podido
casarse, y ya son jamonas...
Paula.—¿Qué han de casarse con aquellas narices
que parecen mangas de riego? Y eso que se han pasado 5
la vida dando reuniones para ver si enganchaban á
alguno.
Luisa.—¡Ah! Á propósito; ¿han leído ustedes en
La Correspondencia que esta noche dan una reunión?
Paula.—¡Cómo! ¿Reciben los González y no nos 10
han convidado?
Carmen.—¡Qué grosería!
Luisa.—Aquí, aquí lo dice: (Coge «La Correspondencia»
y lee.
) «Mañana,» que es hoy, «inauguran sus
reuniones de invierno los señores de González, para cuya 15
fiesta han invitado á sus numerosos amigos.»
Carmen.—No hay duda.
Paula.—¿Y no nos han convidado á nosotras?
¡Qué grosería!
Carmen.—Serán otros González. 20
Luisa.—Yo le preguntaré á Felipe; él es amigo y
debe saberlo.
Paula.—Ellos serán, los muy...

ESCENA IV

dichos y felipe

Felipe.—Muy buenas noches, señoras.
Luisa.—(¡Él!) 25
Paula.—Buenas noches.
Felipe (Saludando).—Carmencita, ¿y don Juan?
Carmen.—Bueno; por allá dentro.
Luisa.—¡Buena hora de venir!
Felipe.—Vida mía, he tenido que hacer.
Luisa.—No sé qué.
Felipe.—Probar un piano que quiere comprar un 5
discípulo, y cuyas teclas no marchaban bien.
Luisa.—Sí; tú siempre tienes alguna tecla que tocar
para excusarte.
Felipe.—No seas maliciosa.
Paula.—Á propósito, Felipe, ¿tiene usted noticia de 10
si los González reciben esta noche?
Felipe.—Más que noticia, tengo una invitación.
Por eso vengo ya vestido para no tener que volver á casa
é ir con ustedes desde aquí.
Luisa.—¿Con nosotras? ¡Estás fresco! 15
Felipe.—¿Qué? ¿Acaso no las han invitado á
ustedes?
Paula.—¿Cómo que no? ¡Pues no faltaba más!
Estamos invitadas desde hace ocho días.
Felipe.—Entonces... 20
Paula.—Pero no vamos; á mí me duele mucho la
cabeza.
Carmen.—Y á mí.
Luisa.—Y á mí.
Felipe.—¡Caracoles! ¡Esta casa es un hospital! 25
¡Ah! Tal vez el tufo del brasero...
Paula.—Sí; puede.
Felipe.—He oído decir á un médico amigo, que el
brasero es una cosa muy malsana.
Carmen.—¡Bah! Nuestros antepasados no tenían 30
otro fuego.
Felipe.—Por eso se han muerto todos.
Luisa.—¿De modo que no yendo nosotras, supongo
que tampoco irás tú?
Felipe.—Hija... estoy comprometido á presentar
á un amigo; y además á tocar el piano para que bailen. 5
Luisa.—Eso es; pues que lo toque otro.
Felipe.—Ya cuentan conmigo.
Luisa.—Bueno; ¿y por dar gusto á esos cursis de
González, me has de disgustar á mí?
Felipe.—Mujer, yo creí... 10
Paula.—Tiene razón la niña; un joven que está en
relaciones y en relaciones tan formales como las de usted
con mi hija, no se pertenece, ni puede comprometerse á
nada sin contar con su futura.
Felipe.—Pero considere usted que hay 15
compromisos...
Carmen.—No le hubiera yo consentido á Juan semejantes
libertades.
Luisa.—Ni yo á éste... Si quieres ir... hemos
concluído. 20
Felipe.—Pero mujer...
Paula.—Tiene razón Luisa. Todo Madrid sabe
con la frecuencia que visita usted esta casa, y por lo
tanto, deducen lo próxima que está la boda.
Felipe.—(¡Caracoles!) 25
Paula.—Y eso de que en vísperas de casarse vaya
usted á un baile, mientras nosotras nos quedamos en
casa, ha de chocar á todo el mundo.
Felipe.—Pero, doña Paula, yo no he dicho que pensaba
casarme en seguida. 30
Paula.—¡Cómo es eso! ¿Trata usted, por ventura,
de entretener á mi hija, de ponernos en ridículo y de
abusar de nuestra bondad y confianza?
Felipe.—¡Señora!
Paula.—Esa conducta es indigna de un caballero; y
sepa usted que en esta casa hay hombre que pueda pedir 5
á usted una satisfacción.
Carmen.—¡Ya lo creo que se la pedirá!
Felipe.—Pero señora, ¿qué he dicho yo desde el
primer día?
Paula.—Lo que sin duda no pensaba usted cumplir. 10
Felipe.—¿Yo?
Luisa.—No; no se altere usted. Éste busca sin
duda un pretexto para concluir, y como á mí no me
duelen prendas... Puede usted ir á ese baile y á donde
le acomode. (Llorando.) 15
Paula.—Incluso á... ¡Qué barbaridad! ¡Lo que
iba á decir!
Felipe.—¡Pero señora!
Paula.—¡Ay, ay!... ¡Agua!... ¡Agua!...
Luisa.—Por Dios, mamá... 20
Felipe.—Pero ¿qué motivo hay para esto?
Carmen.—Usted es la causa de todo.
Felipe.—(¡Cáspita!)
Luisa.—¡Infame! Toma, mamá; toma. (La da
agua.
) 25
Felipe.—Pero, por Dios, doña Paula...
Carmen.—¡Jesús!... ¡Está sin sentido!
Felipe.—Aflójela usted el corsé.
Paula.—¿Cómo es eso? ¿Quiere usted que me aflojen el corsé en su
presencia? 30
Felipe.—¡Señora!...
Paula.—¡Desvergonzado! ¿Para eso le he abierto
á usted las puertas de mi casa? Si cuando yo os decía
que sus intenciones no eran buenas...
Felipe.—(¡Demonio!...)
Luisa.—¡Infame! 5
Paula.—Puede usted marcharse cuando quiera.
Carmen.—Y ya irá Juan á entenderse con usted.
Luisa.—Eso es: á pedir á usted una satisfacción.
Felipe.—Pero vamos á ver: ¿qué ha pasado aquí? 10
Paula.—Usted lo dirá.
Felipe.—¿Que no les parece á ustedes bien que vaya
á esa reunión no yendo Luisa?
Luisa.—Claro.
Felipe.—Pues bien; no voy. 15
Luisa.—¿De veras?
Paula.—No; si por nosotras puede usted ir donde
le acomode.
Felipe.—Nada; no voy, no señora. Pero tendré
que ir á avisar al amigo que había citado, y al propio 20
tiempo escribir á los González para que busquen otro
que toque el piano.
Paula.—¿Y para qué avisar? Que toque el dueño
de la casa si quiere.
Felipe.—¡Si don José no es pianista! 25
Paula.—Bien ¿y qué?
Felipe.—Vaya, voy en un vuelo á avisar á ese
amigo, y vuelvo en seguida.
Luisa.—Pero no tardes.
Felipe.—No. ¿Están ustedes contentas? 30
Paula.—No hace más que lo que debe.
Felipe.—Ya lo sé, señora. (¡Caracoles, en la que
me he metido!)
Luisa.—Y múdate de ropa, porque si no, voy á creer
que vas después.
Felipe.—Bueno, mujer. 5
Luisa.—Adiós, vidita.
Felipe.—Adiós. (¡Caspitina! ¡Qué familia!) (Vase.)

ESCENA V

doña paula, carmen, luisa y después juan