Luisa.—¡Qué bueno es!
Paula.—Eso es: así estropeáis á los hombres con
llamarlos buenos. ¿Qué sería de vosotras sin mí? Al 10
hombre hay que tratarlo á puntapiés y sin consideración
ninguna para que nos respete. ¡Parece mentira que
hayáis estado á mi lado en vida de vuestro padre!
Luisa.—Pero, en fin, ha renunciado á ese baile por mí. 15
Carmen.—¿Qué más puede hacer?
Paula.—No haberse comprometido con esas cursis
de González sin haberlo consultado antes con nosotras.
¡Una familia que no se acuerda de invitarnos á una
reunión! ¡Unos trapisondistas que porque han hecho 20
dinero, no se sabe cómo, y por lo tanto de mala manera,
se dan más tono que el señor de Rodrigo en la horca!
¡Unos mamarrachos!
Juan.—¡Hola! ¿Hablan ustedes de los señores de
González? 25
Paula.—Sí, señor; hablamos de esos... trapisondistas.
Á menos tendría yo en ir á su casa.
Juan.—¡Ah! ¿Ya saben ustedes que dan una reunión
y no las han convidado?
Carmen.—Lo cual es una grosería.
Paula.—Pero que me complace en extremo. Así
me evitan el trabajo de contestarles que no admito su 5
convite.
Juan.—¡Ah! ¿No iban ustedes de todos modos?
Paula.—¿Nosotras? No podemos frecuentar semejante
sociedad.
Carmen.—Tiene razón mamá. 10
Juan.—Muchísima. Y como la veo á usted en
terreno muy firme y pensando muy cuerdamente por
primera vez en su vida...
Paula.—¡Caballero!...
Juan.—Permítame usted que la haga justicia. 15
Paula.—Yo he pensado siempre como ahora.
Juan.—Bueno; pues ya no tengo inconveniente en
decirle que acabo de recibir en este momento el convite
de los señores de González. (Sacando un papel.)
Paula.—¡Eh!... 20
Carmen.—¿El convite?
Luisa.—¿El convite para esta noche?
Juan.—Sí; con una nota muy expresiva, excusándose
de haberlo mandado tan tarde.
Paula.—¿Á ver? (Lo toma.) 25
Luisa.—¡Qué gusto!
Carmen.—Si no podía ser otra cosa.
Juan.—Pero como no han de ir ustedes, de todos
modos...
Luisa.—¿Eh? 30
Paula.—¡Oh! ¡Qué finura! Oíd, oíd lo que dice
Isabel de su puño y letra. (Leyendo.) «Si esta invitación,
que por un error llega tarde á ustedes, no les basta,
irá mi marido en persona á rogarles no falten á esta su
casa.»
Luisa.—¡Qué amabilidad! 5
Carmen.—¿Quién se niega?
Juan.—Nosotros por supuesto.
Paula.—¡Qué hemos de negarnos, hombre! ¡Pues
no faltaba más!
Juan.—¡Señor, Señor! ¡Éste es el mundo! 10
Paula.—Y como yo sé lo que me debo á mí misma,
iremos á ese baile.
Juan.—¡Ésta es la sociedad!
Carmen.—- Y tú también vendrás.
Juan.—¿Yo? 15
Paula.—¡Ya lo creo! Te conviene tratar á las
gentes, si has de llegar á ser algo alguna vez.
Carmen.—Y frecuentar la sociedad.
Paula.—Ahí tienes el ejemplo de González, que no
era nada, y ahora es todo un... 20
Juan.—¡Señora!... ¡Por las once mil vírgenes!
Paula.—Nada, nada, iremos.
Luisa.—¡Qué gusto! ¡Y el pobre Felipe que se
habrá quitado el frac!
Paula.—Pues se lo vuelve á poner, ¿qué más 25
quiere?
Luisa.—Claro: ha de tocar el piano para que
bailemos.
Paula.—Y que no puede dejar de ir.
Luisa.—Y que nadie toca como él. 30
Juan.—(Otra víctima como yo.)
Luisa.—Á mí me hacen falta guantes largos
de catorce botones.
Paula.—Es verdad; y á mí horquillas.
Carmen.—Y á mí polvos de arroz, y el abanico que
está á componer. 5
Paula.—Nada; éste va en un vuelo y lo trae todo.
Juan.—Pero señora, ¿y no los llamó usted cursis
y trapisondistas y...?
Paula.—¿Y qué tenemos nosotras que ver con lo
que inventan las gentes? Vamos, anda; guantes, horquillas 10
y polvos de arroz.
Juan.—(Y una soga para ahorcarme.)
Luisa.—Los guantes de catorce botones y color lila,
¿sabes?
Juan.—Ese color, sin pedirlo, me lo dan á mí en 15
cuanto me vean entrar en la tienda.
Paula.—Bueno; vamos, que tenemos que peinarnos
todavía, que no tardes, ¿eh? (Vanse doña Paula y
Luisa.)
Juan.—En seguida. (¡Por vida de mi carácter!) 20
ESCENA VI
carmen y juan
Juan.—Tu madre está dejada de la mano de Dios.
Carmen.—¡Dale con mi madre! Á tí no te parece
bien nada de lo que hace mi madre.
Juan.—Como que nada de lo que hace tiene sentido
común. 25
Carmen.—¡Juan, Juan!... Calla, y ve á comprar
todo eso.
Juan.—¿Á comprar? Pero ¿tú crees que yo fabrico
dinero?
Carmen.—No empecemos.
Juan.—Bueno; sea lo que quieras. ¡Ah! Pero yo
no puedo ir á esa reunión. 5
Carmen.—¿Por qué?
Juan.—Á menos que te tomes el trabajo de cortar
cuatro dedos de largo de mi pantalón negro.
Carmen.—¿Ahora?
Juan.—Ahora. El otro día, al entrar en la oficina 10
después del duelo de D. Andrés, me preguntaron los
compañeros si había comprado el pantalón en el Rastro,
y si el difunto era mayor. Como que tiene cola el
tal pantalón.
Carmen.—¿Y vas tú á presumir acaso? 15
Juan.—Una cosa es presumir, y otra no ir en ridículo.
Carmen.—Bueno; pues mañana se corta.
Juan.—Bueno; pues que se suspenda ese baile hasta
mañana.
Carmen.—¿Cómo se entiende? Tú vas á esa reunión 20
y llevas el pantalón como está.
Juan.—Considera que se ríen de tu marido.
Carmen.—¡Bah! Déjame en paz.
Juan.—Pero considera...
Carmen.—Ve á paseo. (Sale.) 25
ESCENA VII
juan, después luisa
Juan.—Al Congo me iría yo con tal de no veros.
Cualquiera se casa, sí señor, y se encuentra con una
mujer más ó menos buena; pero con una. Yo me he
casado con tres... y cada una de ellas es un grupo...
de fieras. ¡Ay! ¿Por qué me ha dado Dios tan poca
energía?
Luisa.—¡Calle!... ¿Aún estás aquí? 5
Juan.—¿Qué? ¿Habéis pensado por ventura no ir
á casa de González?
Luisa.—¿No ir? ¡Pues no faltaba más!
Juan.—¿Sí? Pues si tenéis empeño en que yo os
acompañe, me vas á hacer un favor. 10
Luisa.—¿Qué favor?
Juan.—Cortar mi pantalón cuatro dedos.
Luisa.—¿Yo? Pero hombre, ¿tú crees que yo no
tengo otra cosa que hacer que ocuparme de tu pantalón?
Juan.—Si es un momento. 15
Luisa.—Déjame en paz, y córtalo tú si quieres.
¡Vaya con el hombre! (Vase.)
Juan.—Gracias, mujer, gracias. Ésta también hará
feliz á su marido. ¡Ah! Mi suegra ha dicho muchas
veces que tiene afición á la ropa de hombre. Si por uno 20
de esos fenómenos extraños en ella quisiera complacerme...
Debe de estar en su cuarto. Probemos. (Sale.)
ESCENA VIII
felipe, después juan
Felipe.—¡Ea! Ya estoy de vuelta. ¿No hay nadie?
¡Esperaré! Me parece que he hecho mal en ceder;
pero á doña Paula le da un soponcio por mí; Carmen me 25
amenaza con su marido, y Luisa con concluir las relaciones...
¿Concluir? Quizás esto me conviniera.
Don Juan no parece muy feliz, y quién sabe si me espera
á mí igual suerte.
Juan (Saliendo con unos pantalones negros en la mano).—Nada;
me ha mandado á escardar cebollinos. ¡Qué
remedio! Lo voy á cortar yo y mañana se cose. 5
Felipe.—Hola, señor don Juan.
Juan.—Hola, víctima... digo, compañero de fatigas
sin glorias.
Felipe.—¿Compañero?
Juan.—Hombre, en cuanto se case usted; yo ya lo 10
estoy.
Felipe.—¡Ah! (Pues señor, me casan sin remedio.)
Juan.—Con permiso de usted, ¿eh? (Extendiendo
el pantalón sobre una
mesa.)
Felipe.—¿Va usted á quitar alguna mancha? 15
Juan.—No; á quitar paño que le sobra á este
pantalón.
Felipe.—¿Usted? ¿No hay mujeres en la casa?
Juan.—No; aquí no hay mujeres, son fieras.
Felipe.—¿Eh? 20
Juan.—Es decir; hago una honrosa excepción. (Me
conviene no escamarlo.)
Felipe.—Luisa, ¿eh?
Juan.—Por supuesto, Luisa, que es un modelo de
bondad y de... mansedumbre. 25
Felipe.—Ya me lo parecía á mí.
Juan.—Pues es usted listo. En fin, cásese usted con
ella, que va usted bien.
Felipe.—¿Cree usted?...
Juan.—Cuando le digo á usted que es un modelo... 30
Felipe.—Pero, sin duda ¿la madre?...
Juan.—¿Mi suegra? ¡Quiá! Después de todo, es
una infeliz. Tiene un carácter... pero no pasa de
ahí.
Felipe.—¿De dónde?
Juan.—De ahí; de... Estoy por aconsejarle á usted 5
que se la lleve cuando se case.
Felipe.—¿Á la suegra? ¡Caracoles!
Juan.—No; si eso no es suegra... eso es... una
madre, una... Yo tendría un sentimiento muy grande;
pero llévesela usted si tiene empeño. 10
Felipe.—No, ninguno.
Juan.—Bueno; pues nos la podemos repartir á
temporadas.
Felipe.—¿Á temporadas?
Juan.—Por ejemplo: puede pasar con usted doce 15
meses del año y el resto conmigo.
Felipe.—Eso es: ó lo contrario.
Juan.—También. El año entero con usted, y lo que
quede conmigo.
Felipe.—Ya hablaremos de eso. 20
Juan.—(Éste se la ha olido.) Vaya, ya está esto.
(Por el pantalón.) Mañana lo cosen para que no se
deshilache. Lo dejaré aquí hasta que vuelva. (Lo deja
sobre la silla.)
Felipe.—¿Á dónde están esas señoras? 25
Juan.—Ahora saldrán. ¿Usted también va de baile?
Felipe.—Iba; pero como se han empeñado en que
no vaya...
Juan.—¿Y no va usted, yendo la novia?
Felipe.—¡Cómo! ¿Van al baile? 30
Juan.—¡Ya lo creo!
Felipe.—¡Demonio! Y me han hecho escribir
excusándome...
Juan.—¿Sí? Pues como no piensen otra cosa van
á casa de González.
Felipe.—¡Por vida!... Eso es jugar conmigo y no 5
me he casado todavía.
Juan.—¡Oh! Eso es ahora; pero en casándose se
cuadra usted.
Felipe.—Ya lo creo que me cuadraré.
Juan.—Vaya; voy á comprar unas friolerillas. 10
Felipe.—¡Después que me he quitado el frac!
Juan.—Con tal que tenga usted los pantalones bien
puestos...
Felipe.—¡Quiá, hombre! Si se me están cayendo;
son anchos. 15
Juan.—¿Su sastre de usted es profeta?
Felipe.—No; es García.
Juan.—Lo mismo da. (¡Pobre chico!) (Vase.)