—Es lo mejor que podeis hacer.
—Buenas noches, señor Ferrus.
—Esperad... decidme antes, ¿no habria algun page cerca, por si fuese necesario despues servirse de una tercera persona...?
—Jaime ha quedado conmigo: está en la antecámara.
—Llamadle.
—Está bien.
—Id con Dios. Ya se fue... no sé por qué razon, dijo para sí luego que estuvo solo el juglar mirando á todas partes, no sé por qué razon he de tener miedo, cuando estoy solo en esta cámara. Verdad es que nunca he podido comprender cómo hay hombres valientes; y eso que en mas de un encuentro me he hallado yo mismo con el enemigo; pero puedo jurar que me da mas miedo esta soledad que la compañía de diez moros y veinte portugueses en un dia de batalla. Estas voces que corren de que mi amo es nigromante y este aparato... ¡Dios me valga! no tocaria á una redoma de esas por mil cornados... ¿Quién sabe cuántas legiones de demonios podrán caber en cada una...? No será malo hacer la señal de la cruz y santiguarme... ¿Qué es esto...? ¡Ah! no es nada; es mi sobrecapote, lo estaba pisando: hubiera dicho que tiraban de mí... Disimulemos el miedo; ya está aqui el page: es preciso buscar un pretesto para estar acompañado.
A esta sazon entraba ya un pagecito que podria tener catorce ó quince años todo lo mas.
—El camarero dice...
—Sí, el camarero dice bien, interrumpió Ferrus sin enterarse, y sin saber todavía qué pretesto suponer para justificar aquella intempestiva llamada. ¿Dormías, Jaime?