—Pésiami alma si he podido en mi vida pegar los ojos en esta maldita cámara. El miedo me tiene mas despierto que una liebre.
—¿El miedo...?
—Pienso que puedo hablar francamente con el señor Ferrus, y que no irá á decir á su señoría...
—Habla sin temor. Vamos, el muchacho es de los mios, dijo para sí el ingenioso juglar.
—Si va á decir verdad, puedo jurar por el salto que dió el Cid sobre la puerta de Burgos estando un dia á caballo, segun nos cuentan...
—Adelante.
—Puedo jurar que no veo sino espíritus del otro mundo... y á cada paso se me antoja que me arrebatan por los aires...
—¡Eh! interrumpió Ferrus echando una mirada á todas partes. ¡Ba! niñerías, Jaime, niñerías; yo te creí hombre de mas valor. ¡Qué valiente es uno, añadió para sí, cuando está con un cobarde!
—¿Niñerías? ¿os parece, señor Ferrus, que cuando las gentes han dado en hablar de la magia blanca ó negra, que ni aun eso quiero saber, de nuestro amo, no se lo tendrán bien sabido? Si hubierais de dormir, como yo, algunas noches tabique por medio con nuestro señor conde, ya me dariais noticias de las niñerías; y sino decidme, ¿con quién habla mi amo cuando no habla con nadie...?
—Claro está, con nadie.