—Quiero decir, cuando está solo.

—¿Y con quién puede hablar?

—¿Con quién ha de ser? con el diablo que me lleve: ello es que habla, y que á él nadie le responde, y que se pasa las noches de claro en claro trabajando y afanando sobre esos cacharros que llama crisoles y rodeados de llamas, y que anda un olor tal que, Dios me perdone, si se me pasa por la imaginacion hacer conocimiento con el pomo de esencias de donde lo saca... Venid aqui, añadió el barbilampiño cogiendo de la mano inesperadamente á Ferrus, que se estremeció al sentirse tocado en tan crítica circunstancia; venid aqui, decidme qué significan esos garabatos que escribe sobre el papel, y sino son signos diabólicos... ¡Mal año para mí! si quiero permanecer mas tiempo al servicio del señor conde... no, sino estéme yo aqui y llévese el diablo mi alma una noche, sin tener arte ni parte en los productos que sin duda le dará á nuestro amo por precio de la suya. Os digo que no se pasarán tres dias sin que me torne al servicio de mi hermosa prima Elvira. A lo menos alli no hay mas hechizos que los de sus ojos.

—¡Tate! señor page, ¿con que se os entiende tambien á vos de esotros hechizos?

—Os aseguro que no estoy para aplaudir vuestras gracias. Mirad bien esos caractéres.

—Bien, page, pero no hay necesidad de acercarse tanto: verdad es que son raros; imagino sin embargo, añadió el coplero afectando una indiferencia que estaba muy lejos de sentir, imagino que esos pueden ser versos, porque has de saber que el conde hace versos... y como ni tú ni yo sabemos leer ni escribir, acaso maliciemos...

—¡Voto va! ¡no sabeis escribir! ¿Pues no haceis vos trovas tambien?

—Cierto que hago trovas, y las canto, que es mas; empero no las escribo.

—¿Eh? ¿no digo yo que esos serán encantos...? Mirad, Ferrus, os quiero porque nos soleis hacer reir en el hogar con vuestras sandeces, quiero decir, con vuestras sales... yo os aconsejaría que imitárais mi ejemplo, y os viniérais...

—Eso no, señor page; paso, paso, que antes me dejaré llevar de todos los espíritus que tengan el menor interes en especular con mis huesos, que abandonar á mi amo. Verdad es que no las tengo todas conmigo; pero todos los caballeros de la tabla redonda, incluso el rey Artus, que se volvió cuervo, ni los doce de Francia no me convencerán de que don Enrique de Villena es tonto, y si él sabe mas que yo, quiero yo perderme cuando él se pierda...